Testimonio del coronel (r) Juan Alberto Castellanos Villamar, quien fue escolta y chofer del Che Guevara. Combatió bajo sus órdenes en la Sierra Maestra, la Invasión a Occidente y en Las Villas. Participó, además, en misiones internacionalistas en Argentina, Angola y Nicaragua
Juan Alberto Castellanos Villamar es un cubano jodedor. Mujeriego en su juventud, al punto de casarse tres veces con la misma mujer, después de fallidos lances amorosos con otras. Ella, a pesar de los pesares, desde los 14 años le sigue en la vida. Valiente, exagerado en ocasiones y locuaz, envuelve a su interlocutor con su conversación que pinta de anécdotas y humor.
En su infancia lustró zapatos, vendió leche, dulces y periódicos. Y en la adolescencia, dependiente en una farmacia y aprendiz de enfermero. En fin, fue comerciante de cuanto apareciera para llevarse unos centavos a la casa humilde en Las Tunas, donde nació en 1933. Solo pudo terminar el séptimo grado. Se incorporó al Movimiento Revolucionario 26 de Julio en el central Francisco.
Habla y habla con su voz de trueno y uno va conociendo la novela increíble de su existencia. Los años de combatiente en Cuba, bajo las órdenes del Che, su militancia en el Pelotón Suicida, en la escolta del comandante argentino.
Cumplió tres misiones internacionalistas, una de ellas por órdenes del Guerrillero Heroico en Argentina, de la que sobrevivió de puro milagro. Hombre de siete vidas, hoy es coronel retirado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Por su desenfado y jovialidad no parece militar. Esto es lo que me contó durante seis horas de diálogo en la casa que le entregó el Che en Nuevo Vedado, arriba de una lomita.
"Me fui a la Sierra por la libre, sin que nadie me enviara, sin papelitos, en agosto o septiembre del '57. No me aceptaron porque iba desarmado. Regresé a Amancio, busqué dos fusiles calibre 22 y llegué hasta Veguitas. Tampoco tuve suerte, me mandaron para Santiago de Cuba. Allí me escondieron un tiempo, participé en el traslado de armas, víveres, propaganda, en la construcción de una cueva para esconder pertrechos.
La vida de combatiente clandestino no era lo mío. Siempre tenía la idea fija de irme al monte. Luego de un primer intento malogrado pude llegar hasta donde estaba un grupo de combatientes del Ejército Rebelde.
"Éramos cuatro y estuvimos deambulando por las lomas, desarmados, con camisas sin mangas y zapatos de corte bajo. Con una facha de hombres de ciudad. Y así queríamos ser guerrilleros. Llegamos ripiados, hechos una calamidad al campamento de Fidel a principios del mes de febrero de 1958. Por suerte Vilma, que en esos momentos se hallaba de visita cumpliendo una misión, me regaló un par de botas.
"Después del primer combate de Pino del Agua, Fidel me ordena a mí y a otro compañero ir hacia a La Plata, de posta, en un cuartelito que había allí. Parece que él esperaba que arribara por ese lugar alguien. Nunca supe quién. Ni pregunté, porque en la guerra no se puede ser tan preguntón.
"Un día veo a un hombre que venía montado en un caballo, escoltado por dos soldados. Flaco, paliducho, con un chivito colgando en forma de barba. Nos saludó y dijo que era el Che. Lo miré desconfiado, se hablaba mucho de su valentía, me lo imaginaba más alto, fuerte, vaya por la idea que tenía de cómo eran los argentinos, según las películas. La verdad, quedé decepcionado. Me pareció el antihéroe.¡Coño, si esto es el Che...!
"Luego Fidel nos mandó a buscar y caí en la escuadra que dirigía Risco Hidalgo, todo un personaje, que casi me desgracia la vida. Un día fuimos a la casa de un campesino a recoger sal. Confesó mi jefe que una vez se postuló para candidato a Representante a la Cámara. Discutimos. Le dije que era un politiquero batistiano y que no iba a seguir subordinado a un hombre con esos antecedentes.
"Acompañado del mismo combatiente con el que subí a la Sierra y con otro más, me fui hacia donde estaba Fidel. Nos cogió un bombardeo por el camino y tuvimos que meternos en el monte. Esto nos atrasó y Risco nos detuvo, acusándonos de desertores. Me exploté. Volví a cantarle las cuarenta. Por la noche llegó el Che y Risco le fue enseguida con la cantaleta. Y yo me defendí: Cómo voy a desertar subiendo la serranía.
"El Che parece que tampoco se lo tragaba y nos dio la libertad. Al otro día formamos todos y él nos explicó que traía la misión de construir una pista de aterrizaje, que estaríamos bajo la dirección directa de Pedro Miret. Y mirándonos de reojo soltó una frase que a buen entendedor: ‘Voy a hacer una recomendación a los tira tiro de la ciudad, que se cagan cuando oyen un bombardeo, se están tranquilos, no quiero problemas.' La frase me cayó como una patada en la barriga, pero no chisté.
"Estuve poco tiempo en esta tarea porque me dieron unas fiebres palúdicas y Pedrito Miret me dijo: ‘Mira Alberto, vete para Minas de Frío a recuperarte. Así no puedes seguir aquí.'
"¡Recuperarme! Allí el Che tenía la escuela de reclutas. Qué manera de pasar hambre. El jefe era Herman, un americano, veterano de la guerra de Corea, hijo e'puta como él solo. Trabajábamos como mulos, sembrábamos viandas, recibíamos un entrenamiento riguroso. Y de comida: plátanos con miel, algún frijolito aguado. Sin embargo, los oficiales comían pollo y otras carnes. Eso nos sacó de los cabales y nos declaramos en huelga de hambre.
"El Che se encabronó cuando se enteró. Quería fusilarnos esa noche. A los cabecillas los metió presos. Y al jefe principal 10 días sin comer. Al día siguiente, tempranito nos mandó a formar. Yo dije: c... en mala hora vine a parar aquí. Pero ya él estaba más calmado. Uno levantó la mano y explicó las causas de la protesta. La sangre no llegó al río. Nunca supe lo que el Che le dijo al Americano, pero la comida mejoró bastante a partir de entonces.
"Poco antes de la ofensiva, Hugo del Río estaba repartiendo armas y el Che le pregunta:
—¿Quién falta?
—Alberto.
—Dale uno, que ya es viejo en la Sierra, le ordenó y se fue, no me dio tiempo a agradecerle.
"Caramba, qué caro me iba a costar otro gesto como ese en relación con la entrega de un fusil. En el mes de mayo Batista mandó 10 000 hombres para la Sierra. Nosotros éramos 300 y pico, pero nos fajamos duro, bajo la estrategia acertada de Fidel. Durante la ofensiva matan a los comandantes Paz Borroto y Daniel. La escuadra de Hugo del Río, a la cual yo pertenecía, se había sumado como refuerzo a las tropas de estos oficiales. El día que matan a Daniel yo tenía las entrepiernas peladas, en carne viva y este me dice: ‘Así no puedes combatir', y se va la tropa a Naranjal, donde pierde la vida.
"Fidel cogió un berrinche y ordenó que los que nos quedamos en el campamento fuéramos desarmados. Hugo, aunque era mi amigo, cumplió la orientación. Y me encabroné. Entonces yo era muy explotado.
"Abandoné la escuadra y pasé a la de Guille Pardo. Como no conseguí ni siquiera una escopeta de cazar pajaritos, me fui a la escuadra de Teruel. Luego marché a Las Mercedes, andaba por la libre sin jefe, dime tú en plena guerra. Solo a mí se me ocurrió semejante barbaridad."
—¿Vos que hacés aquí Alberto?, me pregunta el Che.
"Le paso la película completa y me embarqué. Me hizo un juicio por indisciplinado. Ocurrió en ese momento un hecho que suavizó el castigo. Beto Bezán, uno de los combatientes estaba clavando una puntilla en un proyectil antiaéreo que no había explotado, fíjate que ignorancia la de nosotros y aquello estalló, hirió de gravedad al muchacho, hasta el mulo del Che recibió un fragmento de metralla.
"El Che observó cómo ayudé al médico que operó al herido, se dio cuenta de que sabía poner inyecciones, vendar. Vaya que podía serle útil como enfermero, pero no dijo nada. Sin embargo, antes de partir en la Invasión, me puso de ayudante de los médicos, aunque desarmado. Bajar al llano en esas condiciones le roncaba. Fui y hablé con él para ver si podía ganarme un fusil cargando mochilas, mas no aceptó. Así bajé de las lomas. Soñando con tener un arma en las manos."
Fuente: Invasor
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