Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Por Lazaro Manuel Alonso

Fuente: decubasoyblog

https://decubasoyblog.wordpress.com/2016/10/08/ciclon-una-cronica/ baracoa-huracan-m-9-810x606

Cuando ella y yo dijimos a media tarde “ya está en Cuba” no hubo sacudida anterior que comparase lo que esas palabras provocaron. Entonces recordé el mismo dolor de 2002 y de 2008, porque quien le conoce la furia a los ciclones sabe que cuando llegan no entienden de familias humildes o buenas personas. Y cuando el muchacho, sobre las 9, dijo a través del teléfono Baracoa está totalmente destrozada, esa sensación de las 4, terminó convirtiéndose en frío, tanto que heló mis sensaciones.

Vivir un huracán desde lejos, antes y después del huracán, es sufrirlo dos veces. Uno sabe con anterioridad lo que viene, sin medias tintas, porque la ciencia lo anuncia y los militares ejecutan para evitar los dolores. Privilegio tener ambos, cuidando desde los radares y desde la evacuación la vida, las camas, los techos. Pero los ciclones cuando vienen bien alimentados, olvidan los sacrificios para tener un hogar. Es como si todo el odio se volcase sobre los pueblos, no importa su historia, ni la precariedad de su gente. Los huracanes son gente mala que no aprendieron a discernir entre quien lo merece o no y su egoísmo desmesurado solo estima en ganar más fuerza para cuando llegan a tierra soltarles todo ese mal genio, que la naturaleza, después de DOS mil años, no ha podido educar.

Ese sacrificio que las tormentas desentienden lo sienten los rostros caídos de las personas sin casa que nos muestra Internet desde Oriente, los árboles que no volverán a madurar fruto alguno, los cables por donde otra vez no recorrerá energía, las tejas rajadas que difícilmente volverán a dar cobija, el malecón que en buen tiempo no acompañará las caricias medio encubiertas de amantes nocturnos o pescadores ilusionados con el alimento del día.

El ciclón prefirió el silencio y la soledad, por eso dejó sin cabellos a las montañas que cuidan la espalda del pueblo, quitó el tono de los teléfonos y algunos solo quedaron con una fea caldera para cocinar los granos del día. Arrancó los pedazos de camino para que la ayuda demorase, como si la gente de allí hubiese molestado a algún poder superior.

Yo quisiera ir a Maisí, a contar las historias, a ser partícipe de la reconstrucción. Yo quisiera llevar un poco de aliento a Baracoa, una esperanza. Si yo estuviera allí escogería la crónica, porque no hay género que pueda como ella gritar el dolor, la tragedia.

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