Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

HONRAR HONRA No. 47/11
Órgano de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado de la República de Cuba.
Editor: Subdirector Lic. Eulogio Rodríguez Millares,
Calzada No. 801, ent. 2 y 4, Vedado, Plaza de la Revolución, Ciudad de la Habana
Telf. 831-1910, 838-2298 Fax 836-4756
eulogio.rodriguezmillares@josemarti.co.cu
eulogio_rodriguezmillares@yahoo.es
http://www.josemarti.cu/


"La vida es sutil, complicada y ordenada, aunque parezca brusca, simple y desordenada al ignorante. La vida es una agrupación lenta y un
encantamiento maravilloso. La vida es un extraordinario producto
artístico” (O. C. T-13, P 426


Para todos los martianos del mundo. Fechas a no olvidar en el 2011

28 de enero, 158 aniversario del natalicio de José Martí,
30 de enero 120 aniversario de la publicación del Ensayo Nuestra América en el periódico El Partido Liberal, de México,
19 de mayo, 116 aniversario de su heroica caída en Combate en Dos Ríos.
Convirtamos cada monumento a Martí, cada calle, plaza, escuela, instituciones
culturales, salas de lectura y otras instituciones que llevan su nombre o
el de República de Cuba, en espacios para testimoniar nuestro homenaje
al Apóstol y reafirmar la vigencia de su pensamiento político y su obra,
que sigue siendo fuente de inspiración para la conquista de un mundo de
paz, equidad y justicia social. Agradecemos nos envíen informaciones de
lo que hagan para publicarlas en el Boletín Honrar Honra. Sugerimos
dedicar las jornadas conmemorativas a difundir Nuestra América, ensayo
que sintetiza su cada vez más vigente pensamiento político Nuestro
americano.

DOCUMENTOS INCLUIDOS EN ESTE NÚMERO.


1. MIRAR AMÁRICA CON LOS OJOS DE AMÁRICA. 120 AÑOS DE UN ENSAYO MARTIANO. Por Taimar Sánchez Castillo
2.- EL MANIFIESTO DE MONTECRISTI: ARMA PARA LA “GUERRA DE PENSAMIENTO” (*) Por Ibrahím Hidalgo Paz


1.- Mirar América con los ojos de América: 120 años de un ensayo martiano Por Taimyr Sánchez Castillo

En 2011 las instituciones martianas conmemorarán con un amplio programa de actividades: el 158 aniversario del natalicio de José Martí, los 15
años del Memorial José Martí y el 120 aniversario de “Nuestra América”,
ensayo del Apóstol de Cuba, publicado en el Partido Liberal de México,
el 30 de enero de 1891.


El Memorial José Martí reconocerá a personalidades e instituciones que han colaborado con su quehacer durante estos años. Entre sus actividades a desarrollar en enero
destacan: la exposición “Martí en la plástica cubana II”, que contará
con la presencia de artistas de la primera muestra, y los conciertos de
respetables músicos cubanos: Frank Fernández, José María Vitier, Nelson
Camacho y otros.


Esta institución recibirá la distinción “Pensar es servir”, del Centro de Estudios Martianos (CEM), que también celebrará las fechas del Maestro con la convocatoria al
Premio martiano de la crítica Cintio Vitier, conferencias magistrales de
sus investigadores en varias jornadas conmemorativas, y sus
intervenciones en una Mesa Redonda que estará dedicada al 120
aniversario de “Nuestra América”.


La Sociedad Cultural José Martí (SCJM) entregará las distinciones “Honrar, honra”, “La utilidad de la virtud” y el Premio “Periódico Patria”, este último a tres
personalidades de la prensa cubana destacadas en la promoción de la vida
y la obra de José Martí. Además proyectará audiovisuales martianos y
acogerá la exposición fotográfica “Martí y La Habana”.


La revista Honda, de la SCJM, también homenajeará al Apóstol y dedicará su número 30 al ensayo “Nuestra América”, obra cenital de José Martí según
Cintio Vitier
-señaló Rafael Polanco Brahojos, director de la publicación, quien
agregó que el ensayo sugiere la importancia de “ver América con los ojos
de América”. En el encuentro los directivos resaltaron la importancia
de la comunicación y el apoyo entre sus instituciones y la necesidad de
fortalecer el estudio de Martí en los centros de educación, el trabajo
con niños y jóvenes, y los encuentros entre generaciones.


El CEM aprovechó la ocasión para proponer algunas temáticas a ampliar en los eventos teóricos de la XX Feria Internacional del Libro de La Habana: la
literatura y la poesía de José Martí, sus obras “Nuestra América” y “La
Edad de Oro” vinculadas a la unidad de tradiciones latinoamericanas y a
la familia cubana. Los paneles sesionarán en las sedes de las
instituciones martianas, donde se realizarán: presentaciones y ventas de
libros, actividades culturales, y eventos de editores y bibliotecarios.


2.- EL MANIFIESTO DE MONTECRISTI: ARMA PARA LA “GUERRA DE PENSAMIENTO” (*) Por Ibrahím Hidalgo Paz

Al conmemorarse el ciento quince aniversario de la publicación de El Partido Revolucionario Cubano a Cuba se impone la relectura de sus páginas, donde hallamos, en apretada síntesis, una muestra del pensamiento político-social de José Martí. No
pretendo realizar un estudio comparado de este con otras páginas del
Maestro, a fin de precisar los lazos genéticos entre ellas y valorar el
desarrollo de los conceptos martianos que aquí se hallan en plena
madurez, sino ofrecer algunas valoraciones fundamentales de su
contenido, y unas pocas precisiones en torno al documento.


Acerca del Manifiesto

En este texto es posible reconstruir el proceso de creación martiano, pues se conserva gran parte de los borradores que antecedieron al que
conocemos con el nombre de
Manifiesto de Montecristi, por haber
sido firmado en
esta localidad dominicana por Martí y el general Máximo Gómez. Fue este
quien recogió y guardó en su archivo los papeles de su amigo, los
cuales publicó años después Emilio Roig de Leuchsenring. Reordenados con
vistas a una nueva edición facsimilar,1 pude comprobar que se trataba
de dos borradores, cada uno de los cuales posee, en el reverso de
algunas cuartillas, los que parecen apuntes primarios usados por Martí a
modo de guía para la redacción. La versión final, enviada a la imprenta
para la confección de las hojas sueltas que divulgarían el documento,
se mantuvo en el archivo de Gonzalo de Quesada y Aróstegui.


La primera minuta tiene las características de un bosquejo general de las ideas fundamentales que luego el autor plasmó en el texto, y contiene
secciones de párrafos que aparecerán en las redacciones siguientes.
Considero que faltan algunas cuartillas, probablemente extraviadas, o
destruidas por Martí en el proceso
de elaboración del segundo borrador, que presenta un desarrollo más
acabado y constituye el paso inmediatamente anterior a la redacción
definitiva, y aunque al parecer falta una página, puede leerse casi la
totalidad del texto que hallaremos en
El Partido Revolucionario Cubano a Cuba.
Por último, en hojas de escritura cuidadosa, aunque no exentas de
tachaduras e interpolaciones, se halla la versión final que, reproducida
en Nueva York, circuló en la Isla y fuera de ella.


Todo indica que el Maestro no requirió de varios días para redactarlo, sino de una cuantas horas, pues, además de su gran dominio del idioma, los temas
abordados en el documento ya habían sido meditados y expuestos
previamente en múltiples ocasiones, y también, porque como hombre
habituado a escribir para la prensa en las más difíciles condiciones,
con sus plazos fijos de entrega, la elaboración de un texto de sólo
quince cuartillas no requería de un
esfuerzo particularmente prolongado, que sobrepasara una jornada
―jornada martiana, claro está: recordemos que sólo dormía unas pocas
horas diarias, cuando podía hacerlo.2


El general Gómez debe haber participado junto a su hermano de ideales en la elaboración del documento. Entre 1892 y 1895, estrecharon sus relaciones políticas y
personales hasta el punto de compenetrarse y lograr coincidencias en la
mayor parte de los criterios acerca de los métodos de dirección y las
formas que habría de darse a la guerra en gestación. Existían aspectos
discrepantes, pero eran menos que los afines. Tal confluencia debió
viabilizar el enriquecimiento del contenido del Manifiesto, cuyas
páginas recogen, con la letra de Martí, el pensamiento de ambos
firmantes: “sus ideas [las del documento] envuelven a la vez, aunque
proviniendo de diversos campos de experiencia, el concepto actual del
general Gómez, y el del Delegado”, dice el Maestro en
una carta del 26 de marzo, y cuatro días más tarde reitera: “el general
suscribió [el Manifiesto] con la Delega ción, sin que esta escondiese o
recortase un solo pensamiento suyo, ni él hallara una sola idea
aventurada o trabadora.”3


El propio Martí confirmó que el documento fue concluido el día en que lo firmara junto con el general Gómez, pues el 26 de marzo cursó un cablegrama a Gonzalo de Quesada
anunciándole, de acuerdo con una clave remitida previamente, su próximo
envío: “Incluyo el manifiesto que le anuncié con la palabra vidi,
conforme a la clave que llevó Manuel [Mantilla], en mi cablegrama del
26.”4 Es probable que los dos días transcurridos entre el despacho del
aviso y la remisión de los papeles se dedicaran a la espera del momento y
del medio adecuados para garantizar una mayor seguridad.


La primera edición

Los constantes riesgos a que se enfrentaban el General y el Delegado, así como la cautela de estos avezados conspiradores, constituyen los
elementos fundamentales para analizar las opiniones acerca de una
supuesta primera edición del Manifiesto en una imprenta de Santiago de
los Caballeros.5 Ni Martí ni Gómez debían ignorar que espías al servicio
de España seguían cada uno de sus movimientos con el objetivo de
impedir su traslado a la Isla, donde ya se combatía desde el 24 de
Febrero de 1895. Tampoco los suponemos ajenos a la labor de los cónsules
de la Península ante el presidente de la República Dominicana, a quien
presionaban con insistentes pedidos de informaciones útiles para sus
fines. La situación de Ulises Heureaux era delicada, pues si bien
simpatizaba con los revolucionarios, no le era factible, en aquellos
momentos, brindarles abiertamente su apoyo y protecció ;n, lo que no
sólo podía acarrearle complicaciones diplomáticas, sino también ―para
inquietud del jefe de Estado―, daría el pretexto
buscado por España para lanzar contra el gobierno de Santo Domingo a
los opositores de este radicados en Puerto Rico, así como incitar a una
revuelta en el interior del país. Un antecedente de tal forma de
proceder ocurrió en 1881, cuando Luperón tuvo que enfrentar, hasta
derrotarla, una invasión de sus enemigos, generosamente ayudados por las
autoridades ibéricas enclavadas en Borinquen.


Para Martí y Gómez no cabía otra alternativa: era necesario evitar cualquier indiscreción o el más pequeño acto que pudiera interpretarse como hostil
a España, con la finalidad de impedir que con algún pretexto se
solicitara la prisión ellos. Si un error daba lugar a la actuación
enemiga, los planes de situar al experimentado general al frente de las
tropas cubanas se vendrían al suelo, y los sueños del Delegado de ocupar
su lugar junto al pueblo combatiente serían destrozados. No podían ser
sus propios verdugos, de modo que actuaban con
mayor cautela que nunca antes, previendo las consecuencias que
acarreaba cada uno de sus actos. Esto explica los términos de la
disculpa del Delegado a los miembros del club Diez de Octubre, de Puerto
Plata, por no visitarlos:


el éxito, que puede ser muy grande, de las labores de Cuba en este país, depende de que por nuestra moderación en todo lo ostensible, sin caer por eso en timidez innecesaria e indigna, nos permita con placer el país el
ejercicio de un patriotismo que respetará y ayudará a él más, mientras
más cuidadoso sea este patriotismo nuestro en evitar al país conflictos
exteriores, ni querellas interiores de nuestros enemigos.6


No cabe penar que quienes así procedían cometieran la torpeza de hacer imprimir en Santiago de los Caballeros el documento expositor de la
política de la guerra de Cuba. El descubrimiento de esa edición hubiera
equivalido a caer en las garras de una reclamación judicial y
diplomática muy difícil de eludir por el gobierno de Heureaux. Al
contrario, la preocupación del Delegado por garantizar el mínimo de
tropiezos lo llevó a extremar las precauciones, no sólo en República
Dominicana, sino incluso en Nueva York, por lo que recomendó a los allí
encargados del trabajo del Partido valerse de un taller ajeno a los
habitualmente utilizados, pues se requería “guardar sigilo absoluto, a
fin de asegurar menos obstáculos a su entrada en Cuba”.


Por otra parte, en carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra daba instrucciones detalladas sobre la forma como debía imprimirse el
manifiesto y hacerlo llegar a sus destinatarios en Cuba y en el resto
del continente. Esta misiva revela la función conferida por Martí al
documento, importante fuera de la Isla, “pero adentro está su principal
oficio”. Pedía que se distribuyeran en el país diez mil o más
ejemplares, dirigidos principalmente a aquellos grupos
de la población sobre los que con mayor insistencia actuaba la
propaganda del enemigo: “cada español debiera recibir uno, y todas las
sociedades y grupos de cubanos negros.”7


Los objetivos del Manifiesto

En la bibliografía acerca del Manifiesto de Montecristi pueden leerse diversas opiniones acerca de los objetivos y el contenido del documente. El inicio de la polémica al respecto parece haberlo
suscitado Enrique Collazo, al expresar que la proclama “había de ser la
carta constitucional primera de Cuba redimida”. Desde entonces —y quizá
desde antes— se emitieron juicios para rebatir o apoyar esta idea u
otras semejantes o contrarias, llegándose a posiciones unilaterales que,
o bien reducían el pensamiento martiano a los planteamientos del
Manifiesto,
o consideraban que este se refería exclusivamente a la dirección de la
guerra, o se le atribuía como principal finalidad servir de base
programática para la etapa posbélica.8


Sin pretender aportar nada nuevo acerca de este asunto, es oportuno citar al propio Delegado del Partido, quien en su época valoró la función de la proclama y dio
instrucciones precisas, esclarecedoras de los objetivos de esta.
Consideró que en los momentos iniciales de la contienda, “la campaña
primera española” sería “la campaña política, para reducir la guerra”,9
es decir, para restarle todo cuanto pudiera favorecerla. Se planteaba
una recia batalla ideológica, en la cual resultaría vencedor quien
lograra convencer, con argumentos lógicos e históricamente
fundamentados, a los sectores mayoritarios de la población y a la masa
de elementos políticamente vacilantes, entre quienes se hallaban los
empleados de menor categoría del régimen colonial, su amplísima
burocracia y algunos sectores del comercio minorista y .de la industria
para el consumo interno, quienes deseaban creer en
algún posible mejoramiento de la situación cubana sin apelar a la lucha
armada, por lo que debía demostrárseles la carencia de base de
semejante suposición.


El triunfo en esta lucha correspondería a quien pudiera, además, atraer o neutralizar a aquella .parte de la población que consideraba la guerra como un peligro para la estabilidad
de sus intereses materiales, aunque el monto de estos era afectados por
la anarquía económica de la Metrópoli, y por los impuestos siempre
crecientes, desde mucho antes de iniciarse el conflicto bélico. En esta
contienda el enemigo apelaba a todos los argumentos viejos y nuevos para
desacreditar a la Revolución y sus bases de apoyo, por lo que el
Delegado orientó que el
Manifiesto se repartiera rápido y con
efectividad, pues se libraba una guerra en la cual los argumentos
revolucionarios eran armas para la victoria. “De pensamiento es la
guerra mayor que se nos hace: ganémosla a
pensamiento.”10


El Partido Revolucionario Cubano a Cuba era uno de los medios principales en la campaña para dar a conocer los criterios fundamentales de la dirección revolucionaria sobre la
contienda ya iniciada y sus fines esenciales. Al periódico Patria
correspondía desarrollar una campaña sobre aquellos puntos que
constituían la base de la tarea divulgativa emprendida. Martí, en carta a
Quesada y Guerra, enumeró los aspectos en que se debía insistir:


Y siempre los mismos puntos principales: capacidad de Cuba para su buen gobierno, —razones de esta capacidad—incapacidad de España para
desenvolver en Cuba capacidades mayores, —decadencia fatal de Cuba, y
alejamiento de sus destinos, bajo la continuación del dominio español,
diferencias patentes entre las condiciones actuales de Cuba y las de las
repúblicas americanas cuando la emancipación, —moderación y patriotismo
del cubano negro, y certeza probada de
su colaboración pacífica y útil, —afecto leal al español
respetuoso—concepto claro y democrático de nuestra realidad política; y
de la guerra culta con que se la ha de asegurar. Eso cada día, y en
formas varias y en el periódico todo.11


Si confrontamos estas orientaciones con las del epígrafe noveno del Plan de Alzamiento de diciembre de 1894 con las recomendaciones a Quesada y Guerra de mediados de abril de 1895, y la circular del 28 de este mes y año,
titulada
Política de la guerra —en la cual coinciden las firmas
de Gómez y Martí—12 podemos comprobar una coherencia absoluta en las
directrices ideológico-políticas impartidas por el Delegado y el General
en Jefe. Tal consecuencia de principios hace del
Manifiesto de Montecristi
no una pieza aislada, sino el documento principal, aunque no el único,
orientador de la actuación de las fuerzas revolucionarias durante la
etapa bélica de la lucha contra
la Metrópoli. Cuando la Isla se liberara de la opresión política,
aquellas “ideas preliminares” serían desarrolladas en correspondencia
con las nuevas condiciones que afrontara la Revoluci& oacute;n. Por
otra parte, también aparecen señalados en el documento los principios
esenciales, irrenunciables, las bases político-ideológicas de la
República a fundar tras la liberación nacional, que como había repetido
el Delegado desde tiempos atrás debía ir constituyéndose desde la
preparación de la guerra. No era el momento adecuado para anticipar más
que aquellas ideas guiadoras.


Continuidad revolucionaria

Desde el primer párrafo de El Partido Revolucionario Cubano a Cuba encontramos el criterio de que el nuevo conflicto bélico era la continuación de la Guerra de los Diez Años, idea reiterada en siete de
la decena de párrafos del documento, lo que muestra la importancia
concedida por Martí a la
necesidad de situar en primer plano un hecho de gran significación,
tanto política como militar: los hombres que a fuerza de coraje
mantuvieron en jaque al poderoso ejército colonial durante el largo
período bélico suspendido por el Pacto infecundo de 1878, habían vuelto a
la lid; retomaban las armas con el ánimo entero para proseguir las
batallas interrumpidas y dirigir y formar a los bisoños combatientes,
aún sin fogueo, pero dispuestos a emular con la heroicidad de sus
maestros.


La guerra era la demostración de la voluntad del país. La experiencia del primer intento armado sirvió a quienes reiniciaban la contienda para valorar acertadamente las profundas causas que
justificaban el llamado a un nuevo enfrentamiento. La guerra se organizó
tomando como base la estructura militar dejada en suspenso por el Pacto
del Zanjón, pues ninguna fuerza podía liquidar los sentimientos y las
relaciones humanas surgidas en aquel ejército sin
paga y sin vituallas seguras, cohesionado a puro coraje, y mantenido
como timbre de honor y de orgullo en las emigraciones y en la Isla por
los veteranos y sus descendientes, entre los compañeros de armas y los
hijos crecidos en la manigua o el destierro. Los peligros compartidos,
mas la fuerza niveladora que en lo social ejerció la desaparición de las
fortunas grandes o pequeñas y, por tanto, la necesidad de trabajar,
unió en campos y ciudades , en Cuba y fuera de ella, a una parte de los
nacidos en medio de la holgura con los que sólo conocieron, desde la
cuna, la parte estrecha de la vida. Aquellas fuerzas, dispersas en 1878,
sin organización tras la Guerra Chiquita, estarían unidas en la acción
revolucionaria de 1895.


El sentido de obra reiniciada sobre bases firmes aparece en una frase del cuarto párrafo, en la cual Martí habla de la guerra “que se ha reanudado en Cuba”. En el siguiente,
argumenta la plena capacidad del
pueblo para obtener el triunfo e impedir en la Isla la repetición de
los trastornos que perturbaron a las repúblicas americanas tras el
derrocamiento del poder colonial, para lo cual los cubanos tenían
aptitud suficiente, “cultivada en diez años primeros de fusión sublime”.


A esta experiencia apela Martí para reiterar que “hoy reanuda Cuba” una etapa bélica victoriosa desde su raíz, expresión del noveno párrafo presente, con diferentes palabras, en las primeras líneas del
siguiente, con el cual concluye el documento. Esta parte del manifiesto
es una de las más bellas e inspiradas, y el aliento de continuidad
latente en ella, válido en el momento de darse a conocer, llega hasta
nosotros con plena sonoridad: “séanos lícito invocar, como guía y ayuda
de nuestro pueblo, a los magnánimos fundadores, cuya labor renueva el
país agradecido.”13


La guerra y los españoles

El séptimo párrafo del Manifiesto —el segundo en amplitud, con cerca de seiscientas ochenta
palabras— expone los criterios de la política a seguir con respecto a
los españoles residentes en Cuba. La Revolución proclamaba sus objetivos
anticolonialistas y establecía con toda claridad que la guerra no se
hacía contra los españoles; por el contrario, el Partido Revolucionario
Cubano trazó una definida política para atraer y neutralizar a quienes
sentían más como peninsulares —por nacimiento o por intereses económicos
y sociales— que como cubanos, demostrándoles el beneficio para todos en
la Isla si se llevaba a cabo una guerra breve y humana, tras la cual el
país se incorporara a la civilización moderna, libre de las trabas y
monopolios comerciales caducos impuestos por la Metrópoli, con un pueblo
unido dispuesto al trabajo creador. Se respetar&iacut e;a a quienes
mantuvieran la neutralidad, pero a la vez señaló, sin margen para la
duda, el principio
fundamental que regiría la contienda: “No nos maltraten, y no se les
maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero, y
la amistad a la amistad.”


En esta parte del texto adelantó la propuesta para un futuro cercano, una vez terminado el conflicto, cuando “la república será tranquilo hogar para cuantos españoles de trabajo y
honor gocen en ella de la libertad y bienes” vedados para muchos en su
país de origen.14 Los enemigos de la revolución no estaban entre los
hombres y mujeres que ganaban su sustento o labraron sus fortunas con el
esfuerzo propio; ni en el ejército, cuya mayoría era republicana y
había aprendido a respetar el valor de los hijos del país. Ante la
disyuntiva de una guerra sin tregua o de la paz definitiva que se
alcanzaría con la independencia, la sensatez indicaba que sólo el
respeto a la decisión de los cubanos allanarían los errores pasados y
posibilitaría alcanzar una nación
abierta y franca para todos.


Contra el racismo

En los momentos iniciales de la guerra debían disiparse los falsos temores y, a la vez, valorar con justicia la participación anterior y futura de
los distintos elementos componentes del pueblo cubano. El sexto párrafo
del Manifiesto está dedicado a dilucidar un antiquísimo argumento
diversionista, el “peligro negro”, alentado desde principios del siglo
xix como arma ideológica contra una posible insurrección —aunque desde
antes venía utilizándolo la Metrópoli para mantener la paz entre los
habitantes del país y la opresión colonial.


El pretexto de tal temor, dice el documento, no era más que “el miedo a la revolución”, esgrimido “por los beneficiarios del régimen de España”.15 Los hombres
de las más diversas mezclas de pigmentación habían poblado las filas
revolucionarias en la Isla y en las emigraciones, donde en el crisol del
combate
o del trabajo se había depurado lo más insano de tales prevenciones. Y
si en algún caso surgieran quienes se desviaran de aquellos sentimientos
de hermandad, no había peligro alguno de choques violentos de razas,
pues las fuerzas sanas de negros y blancos extirparían el peligro
momentáneo.


Contra la tiranía

Otro argumento se esgrimía desde mucho tiempo atrás contra la revolución: el peligro de la reiteración en Cuba de la incapacidad de las repúblicas
hispanoamericanas para evitar, después de la independencia, la
continuación de pugnas intestinas, dirimidas en guerras civiles que
prolongaban la inestabilidad durante decenios. A deshacerlo dedicó Martí
el quinto párrafo del documento, el más extenso y complejo. Analizó los
trastornos en que estuvieron sumidos aquellos países, causados, entre
otros factores, por el error de imitar modelos extranjeros, el apego “a
las costumbres señoriales de la
colonia”,16 el ascenso de caudillos en diferentes comarcas, la
reducción de la economía a una sola industria, el abandono del indio. No
eran estos los problemas de Cuba, con un pueblo de mayor cultura que
los separados de la metrópoli tras cruentos conflictos a pr incipios de
siglo, y con aptitud suficiente no sólo para obtener el triunfo, sino
también para evitar los errores conocidos, gobernarse por sí mismo y
defender la identidad nacional. Los elementos cohesionadores de esta
excederían a los de disolución y parcialidad, capaces de destruirla al
nacer.


La forma de gobierno

La garantía para evitar las parcialidades conducentes a la tiranía y al caudillismo debían buscarse, en aquellos primeros momentos de la guerra cubana, en
un acertado ordenamiento de las fuerzas revolucionarias. A la forma de
gobierno dedicó el Apóstol el octavo párrafo, tercero en extensión.


El tema había sido motivo de discordia entre los diferentes sectores de opinión dentro de los
independentistas, y provocado divisiones riesgosas. Por ello se advierte
un gran tacto por parte del autor al exponer sus ideas, para no
suscitar a destiempo una polémica que debía posponerse. Cuando la guerra
necesitaba consolidar sus primeros pasos, sólo era lícito declarar la
confianza en hallar formas que contribuyeran a mantener la unidad, el
entusiasmo de los propios y el ánimo favorable de los españoles. Uno de
los deberes fundamentales de la revolución era ordenarse “de modo que no
quede el decoro de un solo hombre lastimado”, concepto de gran valor en
el documento, que proclama el “radical respeto al decoro del hombre,
nervio del combate y cimiento de la república”.17


Una acertada forma de gobierno que posibilitara la dirección de los asuntos civiles de los territorios liberados, asumiera la representación en el
extranjero y permitiera la necesaria libertad
operacional del ejército, garantizaría el desarrollo de la guerra
dentro del respeto a las normas del derecho ciudadano, necesarios para
la consolidación de la nación cubana desde la etapa bélica mediante el
logro de la unidad de todos sus elementos componentes sin la imposición
de trabas a los combatientes por el poder civil ―una de la causas del
fracaso de la Guerra de los Diez Años―, e impediría el desarrollo de una
casta militar proclive al caudillismo y, por ende, a la inestabilidad
en la etapa posterior al conflicto.


El logro de un gobierno equilibrado y estable durante la guerra era condición indispensable para que, al finalizar esta, surgiera “una patria más a la libertad del
pensamiento, la equidad de las costumbres, y la paz del trabajo”.18 La
garantía de un gobierno sólido y respetado, mediante la conjunción de
las diferentes fuerzas sociales tras un proyecto nacional en el que
todos se sintieran representados,
haría realidad el aporte de Cuba a la estabilidad del continente y del
mundo.


Propósito americano y universal

El primer párrafo del Manifiesto declara: la “revolución de independencia […] ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra” no sólo para la
emancipación del país, sino además “para bien de América y del mundo”.
Expresa que quienes cayeran en nuestra tierra no sólo lo harían por la
libertad de las islas del Caribe, sino “por el bien mayor del hombre,
[y] la confirmación de la república moral en América.”19 En este caso,
el calificativo aparece como un reto a la interpretación, por lo que
acudo al primer borrador del documento, donde esta frase aparece
originalmente como “la confirmación de la independencia aun confusa de
América”; y en el segundo expresa: “la confirmación aun insegura de la
república humanitaria en América”.20 Los combatientes de Cuba lucharían,
por tanto,
contra las causas de esa confusi&oacut e;n e inseguridad para
lograr la fundación de una república donde no existieran las trabas
coloniales, los elementos populares tuvieran amplia participación
democrática y disfrutaran de la justicia social. Esta utopía política
era alcanzable, y de este modo Nuestra América podía salvarse de las
amenazas externas e internas.


La magnitud de los objetivos de la contienda ya iniciada confería a quienes se lanzaban a conquistar la patria libre una especial responsabilidad “ante el mundo contemporáneo,
liberal e impaciente”. Existía la voluntad de hacer comprensible la
importancia de nuestra guerra independentista tanto en el ámbito
continental como mundial, no sólo por hallarse geográficamente “en el
crucero del mundo”, no por ser “nudo del haz de islas donde se ha de
cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes”, sino
por el “servicio oportuno que el heroísmo
juicioso de la Antillas presta a la firmeza y trato justo de las
naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.21 La Isla
se encontraba en el punto de coincidencia de las coordinadas políticas
del momento histórico, cuando la tendencia expansiva de los Estados
Unidos sobre el continente ponía en peligro el bal ance de las fuerzas
económicas, políticas y militares que acarrearían, de no impedirse a
tiempo, el dominio del Norte sobre nuestra América,22 con riesgo para la
vida independiente de cada uno de sus países, y para la conservación de
la identidad nacional.


Trascendencia

Documento concebido a fines de la pasada centuria como un arma ideológica en la batalla del pueblo cubano contra el colonialismo hispánico y la amenaza
del imperialismo estadounidense, constituye hoy una motivación para el
análisis del valor decisivo que el Maestro concedía al objetivo de
esclarecer, y hacer compartir por las
mayorías, los propósitos nacionales, patrióticos y de alcance universal
de las tareas que en su momento le correspondía llevar a cabo. Ante el
riesgo de poner en peligro la independencia, la soberanía, la libertad y
la justicia, Martí llamaba con urgencia a estrechar filas en un
programa mínimo en torno al cual pudiera nuclearse la mayor suma de
voluntades, intereses y opiniones para la defensa de principios
esenciales y metas compartidas, y alcanzar la unidad en la defensa del
ideal supremo: salvar la patria “con todos y para el bien de todos”.23

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