Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos


HONRAR HONRA No.39 /10
Órgano de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado de la República de Cuba.
Editor: Subdirector Lic. Eulogio Rodríguez Millares.
Calzada No. 801, ent. 2 y 4, Vedado, Plaza de la Revolución, Ciudad de la Habana
Telf. 831-1910, 838-2298 Fax 836-4756
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"Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la
alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los
gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima,
ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos
engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos
tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de
almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que
vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No
hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante
el mundo para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de
acorazados”.
(José Martí Nuestra América )

INVITACIÓN A LA II CONFERENCIA INTERNACIONAL BOLÍVAR, LINCOLN Y MARTÍ EN EL ALMA DE NUESTRA
AMÉRICA, CARACAS, VENEZUELA (NOVIEMBRE 17 AL 20)
secretariaiiconferenciablm@gmail.com http://www.josemarti.cu/
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DOCUMENTOS INCLUIDOS EN ESTE NÚMERO.


1.- LA UNIVERSIDAD CUBANA Y LOS DESAFÍOS DEL SIGLO XXI, Por Graciella Pogolotti
2.- “POR LIBERTAD Y DIGNIDAD LUCHAMOS”.* JOSÉ MARTÍ ANTE LA INDEPENDENCIA
HISPANOAMERICANA EN PATRIA Y LIBERTAD. Por Pedro Pablo Rodríguez López (Pág.
4)
3.- Es la hora del recuento, y de la marcha unida,
José Martí Nuestra América OC Vol. 6. (Por ORLANDO LICEA) (Pagina 11)

1.- La Universidad cubana y los desafíos del siglo XXI,POR Graciella Pogolotti (Tomado de LA
JIRIBILLA


La Universidad cubana tiene una hermosa tradición de servicio social forjada en las circunstancias más adversas. Durante la república
neocolonial, cuando su función parecía reducirse a procurar títulos para el
desempeño de las profesiones liberales, sentó las bases de un legado que
entrelazaba la vocación social hasta el punto de conformar una extensa galería
de mártires con el apoyo de la cultura y el empeño frustrado por impulsar el
desarrollo científico. De esas batallas nació el proyecto de reforma que no pudo
implantarse hasta 1962, después del triunfo de la Revolución. Es el modelo que
debe constituirse en referente para examinar la situación actual y sus
perspectivas futuras.

Inspirado en los sueños de Mella, articulado a partir de las múltiples experiencias acumuladas en la educación superior cubana
y en la de otros países por sus promotores, el proyecto maduró en medio de duras
confrontaciones ideológicas libradas en el país que tuvieron su reflejo en las
aulas y en los espacios públicos de la academia. En esa compleja coyuntura, la
deserción de una parte significativa de los claustros representó el intento de
pulverizar la idea en proceso de germinación. Como suele suceder cuando una
revolución es auténtica, el propósito fracasó. El vacío fue cubierto por
especialistas calificados, marginados hasta entonces de la docencia
universitaria. Muchos recuerdan con nostalgia la excepcional conjunción de
saberes y talentos que convergió en aquellos días, entusiasmados todos ante la
posibilidad de construir con el coraz&oac ute;n y la inteligencia, la
universidad que el país necesitaba. Algunos procedían de las varias tradiciones
de la izquierda cubana. Otros entregaron sus vidas a la tarea, deslumbrados por
poder participar en la cristalización de sueños postergados.

Dotado de la flexibilidad necesaria, el plan establecía lineamientos estratégicos
fundamentales. La implementación, según las especificidades de cada área,
correspondía a los claustros y, en particular, a sus comisiones de docencia. Se
produjo de inmediato una democratización del acceso a la educación superior.


Sin dejar de atender la demanda social, investigación y docencia se interrelacionaron desde la base e integraron a estudiantes y profesores. La
enseñanza dejaba de ser mera reproductora de información acumulada para
convertirse en aprendizaje creativo. Así se formaron profesionales calificados
que sustituyeron y multiplicaron el cuerpo anémico de especialistas existentes
al triunfo de la Revolución. La Universidad de La Habana fue matriz generadora
de otros centros de educación superior y de institutos científicos de brillante
ejecutoria.

Rememorar y evaluar ese proceso significa mucho más que rendir justicia a la historia. Constituye una herramienta de análisis
indispensable para proyectar el presente y el futuro. En efecto, en el plano
internacional la educación ha sufrido los embates del neoliberalismo y el
dominio de las corporaciones. Ricas en recursos y medios, las universidades
privadas suplantan a las públicas. Considerados clientes, los estudiantes
transitan en abundancia numérica para constituir un nuevo proletariado sometido
a las incertidumbres del mercado.

Sobre esa base se levanta una elite minoritaria con acceso al doctorado y, con ello, al monopolio del poder en el
campo científico y a la elaboración, al diseño ideológico del pensamiento en el
ámbito de las ciencias sociales. De ese modo, prestigiadas por la nombradía de
los autores y de los centros emisores, las ideas circulan por los territorios
periféricos con el cuño de verdades irrebatibles. Para los países
subdesarrollados se consolida así una nueva y más refinada forma de dependencia.
Las limitaciones económicas les imponen la renuncia al estudio de las ciencias
fundamentales a favor de la sobreabundancia de las carreras dirigidas a la
preparación de burócratas capacitados para asumir tareas subalternas en la
administración de los negocios, definitivamente mutilados para el ejercicio de
prácticas creativas, atemperadas a las demandas. Por otra parte, agobiad os por
los bajos salarios y la docencia excesiva, muchos profesores se acomodan a la
rutina de lo aprendido.

Hace muchos años ―corrían, creo, los 70 del pasado siglo― escuché a Vicentina Antuña comentar, con honda preocupación, el
decir de algunos funcionarios acerca de que la historia no debía estudiarse,
sino hacerse. Ese modo de pensar ha traído lamentables consecuencias. Tal
reduccionismo desconoció que Carlos Marx estudió en archivos y bibliotecas la
formación del capital para definir su naturaleza, entender el presente y
formular estrategias para el futuro. Leyó, además, las novelas de Balzac para
captar fenómenos que escapaban a la mirada de los economistas. No es necesario
reiterar que tanto la Isla como el planeta atraviesan una etapa compleja y, en
gran medida, decisiva. En tales circunstancias, no se puede acudir, sin
someterlos al indispensable análisis crítico, a modelos prestados. Como en
muchas otras áreas, a la expansión necesaria tiene que suced er la
profundización fecundante. Apremiados por el paso inexorable del tiempo, tenemos
que actualizar conceptos a la vez que encontramos soluciones de orden práctico.


En medio siglo, Cuba ha recorrido una enorme distancia. El país es otro, en lo cultural, en lo social y en lo que respecta a su estructura
económica. Los obstáculos interpuestos en su camino no condujeron a renunciar a
su apuesta fundamental a favor del desarrollo humano, aún cuando las
circunstancias obligaran a violentos cambios en la proyección económica. Siempre
dependiente del comercio exterior, el bloqueo norteamericano descalabró la
infraestructura industrial, el transporte y el flujo de mercancías procedentes
de un mercado cercano. La búsqueda de un diseño autónomo desembocó en la zafra
de los diez millones. Luego, fue necesaria la articulación al CAME y la
consiguiente concepción de proyectos macro. Todo pareció fracturarse con el
derrumbe del campo socialista. Hubo que replantear el programa general y apelar
a soluciones pragmáticas dictadas por los impera tivos de la supervivencia. Es
ella la que exige ahora la formulación de perspectivas a más largo plazo. En ese
contexto, corresponde a la educación un papel decisivo.

La vida demuestra que haber privilegiado el desarrollo humano no fue tan solo razón
utópica congruente con un proyecto socialista, sino opción práctica y
estratégicamente válida. En una Isla con escasos recursos para alcanzar una
autosuficiencia económica, la capacidad profesional se convierte en fuente de
ingresos. Los esfuerzos invertidos en la biotecnología y en la industria
farmacéutica, con la consiguiente apertura de mercados, confirman el realismo
subyacente tras la audacia, la imaginación y la creatividad. En el plano de la
conciencia, la continuidad de una política afincada en la universalización de la
salud, la educación y la cultura, cimentó la resistencia popular ante las
adversidades sufridas durante el período especial, a pesar de que todas ellas
padecieran lacerantes retrocesos a causa de las limitaciones materiales bien
conocidas.

El siglo amanece con amenazas de catástrofes. Pero aun así, la vida tiene que defenderse. El cambio climático, los desequilibrios
ecológicos, el agotamiento de los recursos, la necesidad de adoptar otros
estilos de vida se unen a las dificultades latentes en nuestra inmediatez. Las
decisiones políticas tendrán que apoyarse cada vez más en los aportes de la
ciencia y de la cultura. La Universidad del siglo XXI, sin descuidar la
contribución instrumental tecnológica, deberá establecer su eje central en las
ciencias básicas y en las humanidades y hacer de la investigación fuente de
nuevos saberes y de permanente retroalimentación de la docencia. Recuperar lo
perdido no es ilusorio. Así lo demuestra el salto espectacular producido en las
décadas iniciales de la Revolución, cuando el punto de partida se situaba en la
necesidad de vencer el analfabetismo y en la necesidad de incentivar el
crecimiento de los bachilleres. Ahora se trata de restaurar la confianza en los
claustros y fortalecerlos con la incorporación de nuevas generaciones. Hay que
vincular desprejuiciadamente a los estudiantes al esfuerzo común y convertirlos
en protagonistas de los desafíos del presente, prescindiendo de consignas y
apelando a la fuerza aleccionadora de la práctica concreta.

Día a día el presente se hunde en el pasado y se traga el porvenir. Como parte de la
educación, aunque con funciones específicas, la universidad garantiza el relevo.
El papel de las ciencias en el desarrollo de la sociedad se comprende con
facilidad, porque se traduce en logros tangibles. No ocurre así con las
humanidades, actuantes en el tejido viviente de la realidad. Corresponde a ellas
la preservación de la memoria, la observación de los cambios que operan
imperceptibles en la cotidianeidad y su reflejo en el terreno de los valores,
así como el reconocimiento de los vínculos existentes entre factores de distinta
naturaleza. Su objeto de estudio se sitúa en el plano de la conciencia.
Contribuye a definir coordenadas fundamentales para reconocer qué somos, de
dónde venimos y hacia dónde vamos. Pensar la realidad no implica perder el
tiempo en un gratuito ejercicio intelectual. Permite abrir caminos entre los
árboles del bosque y luchar por la lucidez invocada por el Che en El
socialismo y el hombre en Cuba.


Diseñar la universidad que garantice la continuidad de nuestro proyecto de desarrollo humano es tarea
difícil, pero no imposible. Hemos sabido vencer desafíos mayores. Para lograrlo,
hay que romper rutinas mentales y convocar, desde la base, a la experiencia y al
conocimiento, acumulados en un esfuerzo común por reformular interrogantes a fin
de hallar las respuestas más adecuadas.

2.- “POR LIBERTAD Y DIGNIDAD LUCHAMOS”.* JOSÉ MARTÍ ANTE LA INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA EN PATRIA
Y LIBERTAD. por Pedro Pablo Rodríguez López

Galope, velocidad vertiginosa, volcán en erupción, son algunas de las imágenes empleadas por el
gran patriota cubano para referirse al proceso emancipador de nuestra América en
los decenios iniciales del siglo XIX: ellas indican todo un verdadero nuevo
mundo que nacía, que brotaba con ímpetu avasallador por encima de las antiguas y
largas hegemonías de casi cuatro siglos de dominio colonial hispano. Fue un
parto difícil, largo y doloroso el de la primera independencia, a costa de un
enorme reguero de sangre y destrucción. Para Martí, toda una epopeya, una hazaña
portentosa que dio paso a la posibilidad de hacer del continente la región de la
libertad. No caben dudas de su perspectiva favorable ante aquel magno proceso
fundador de un ramillete de repúblicas que, a pesar de sus limitantes y
frustraciones prontamente manifestadas, fueron, a su juicio, un hito decisivo
para estos pueblos y para el mundo moderno. Sin embargo, no fue aquel un tema
desarrollado in extenso en sus escritos, al menos en los que están a nuestro
alcance hasta el momento. Aparece aquí y allá en su voluminosa obra, sin que
dispongamos de un texto completo dedicado a su análisis.
Sabemos, no obstante, que el tema le atrajo desde muy pronto. Patria y libertad (Drama
indio)
es el título de una pieza teatral que a solicitud de las autoridades
guatemaltecas Martí escribiera en 1877, en unos pocos días, para conmemorar el
aniversario de la independencia del país centroamericano, obtenida el 15 de
septiembre de 1821. Y es ese el único de sus escritos conocidos hasta el momento
en que su tema es la independencia, en este caso, la centroamericana.
Por entonces, Guatemala vivía el octavo año de la revolución liberal que habían
encabezado en 1870 Miguel García Granados, un rico y culto comerciante nacido en
España, y Justo Rufino Barrios, un abogado mestizo y hábil jefe militar. Barrios
gobernaba desde hacía varios años atrás y había dado notable impulso al proceso
reformador al secularizar las tierras en poder de la Iglesia católica, apoyar la
producción cafetalera de creciente demanda y buenos precios en el mercado
internacional, y extender notablemente la enseñanza y la formación de maestros.

Ese espíritu iluminista, de indudable afán por el desarrollo del capitalismo, se manifestaba entre los intelectuales guatemaltecos de la época
–buena parte de ellos incorporados a la revolución liberal– mediante el deseo de
ofrecer una visión de la historia nacional y de toda Centroamérica desde las
perspectivas del liberalismo, contrarias a la antigua aristocracia de la tierra,
en proceso de ser desbancada o de acomodarse con las nuevas fuerzas y actores
sociales emergentes con el régimen gobernante. Ocurría también un
reverdecimiento del ideal de unidad centroamericana, del cual Barrios se
consideraba exponente principal, y la influencia del proceso de reformas en
Guatemala y del mismo presidente, se hacían sentir por ese espacio regional a
partir de la alianza con gobiernos de similar corte liberal en Honduras y El
Salvador. Se vivía, pues, un momento significativo de creación de la nac ión
moderna, que implicaba la relectura del pasado republicano y hasta la creación
de nuevos símbolos patrios como el himno, o la adaptación de otros como la
bandera y el escudo, proceso, sin embargo, que no excluía el impulso al antiguo
afán de unidad regional.
Así, en 1877 la revolución liberal guatemalteca avanzaba a buen ritmo, marcado por los altos precios del café, las altas tasas
de ganancia de los nuevos propietarios agrícolas –muchos de ellos salidos de las
filas militares y políticas del nuevo régimen– y era común el entusiasmo entre
la élite gobernante y la intelectualidad ante un futuro que parecía promisorio
para los ideales del progreso nacional y regional.
La decisión de solicitarle al joven cubano que impartía clases en la Escuela Normal y en la
Universidad, y que ganaba rápidamente la amistad y el afecto de la sociedad
guatemalteca ilustrada, no implicaba solamente el reconocimiento y hasta la
admiración ante sus brillantes dotes intelectuales: Martí estaba comprometido
con la lucha liberadora que tenía lugar aún en la mayor de las Antillas, y el
gobierno liberal había reconocido a Cuba independiente en abril de 1875. Acudir,
pues, al cubano que se destacaba en el aula y la tribuna era una forma de
vincular la fecha patria guatemalteca con la lucha cubana y, es muy probable,
desde luego, que la misión fuera así entendida y por ello asumida gustosamente
por Martí.
Se desconoce si hubo alguna indicación expresa respecto al argumento, más allá del tema general. Pero el título y el subtítulo de la pieza
–Patria y libertad (Drama indio)– ya nos está indicando que para el joven
escritor la patria y la libertad, o sea, la independencia, eran asunto de los
indios, no de los blancos, o, al menos, no exclusivamente de ellos. Se evidencia
de ese modo la voluntad martiana de ofrecer una perspectiva infrecuente entonces
acerca de aquel tema, ya que en las historias y análisis al uso de la
independencia centroamericana no figuraban los pueblos originarios, sobre todo
si se considera que la proclamación de la separación respecto a la metrópoli fue
un acto “por arriba”, mediante un acuerdo entre los sectores hegemónicos de la
Capitanía general de Guatemala, quienes poco después anexaban el país al imperio
mexicano de Iturbide, de similares propósitos y carácter francamente conservador
y antipopular. Pudiera haber alguna influencia del romanticismo en ello, pero la
mirada al hecho histórico desde el prisma indio es perfectamente congruente con
las ideas expresadas ya por Martí acerca de los pueblos originarios del
continente.
No puede olvidarse que a poco de su arribo a Guatemala había publicado un comentario –que le fuera pedido por uno de los ministros del
presidente Barrios– acerca de los códigos recién aprobados, texto en que
calificaba a nuestra América como pueblos nuevos formados durante un proceso
contradictorio a través del mestizaje entre las civilizaciones aborígenes y la
conquistadora, y en el que estimaba que la reconquista del alma propia americana
pasaba por la recuperación de su lado indígena.1
Por tanto, no puede sorprendernos que el hecho histórico del 15 de septiembre de 1821, aunque el
drama no explicite que trata los sucesos de ese día, sea presentado por Martí de
manera diferente a los acontecimientos reales, no solo por necesidades de la
ficción artística sino, sobre todo, en mi opinión, por su voluntad de mirar el
asunto desde el deber ser que, para él, le imponía el momento en que escribía el
drama, cuando se trataba de recuperar la civilización originaria para las
repúblicas empeñadas en el desarrollo.
Así, la pieza divide su reparto entre los representantes de la colonia y los de la independencia. Aquellos son
simbólicos hasta en sus nombres: doña Casta –probablemente una dama española– y
doña Fe –quizás criolla y a todas luces de menor rango social que la anterior–
más la Camarista, servidora de la primera; don Pedro, que significa la autoridad
gubernamental cuyas ideas tienden a ser las de un alto funcionario español; un
Noble; y el padre Antonio, que simboliza la Iglesia católica. Los patriotas son
Indiana y Coana, cuyos nombres indican a las claras su pertenencia étnica;
Martino, un mestizo a cuyo lado aparece escrito en el reparto Barrundia,
obviamente José Francisco Barrrundia, uno de los líderes históricos del
movimiento patriótico; Pedro, un criollo blanco ilustrado –obsérvese que no usa
el don– cuyo apellido no se indica, pero que pareciera represen tar a Pedro
Molina, uno de los próceres de la independencia centroamericana; y el Indio,
así, sin nombre propio.
Es evidente la intención del dramaturgo de identificar a los protagonistas con las clases y grupos sociales que se
enfrentaron durante el proceso emancipador continental: la nobleza, el clero y
las autoridades coloniales, de un lado; los criollos ilustrados, los mestizos y
los indios, del otro.
De este modo, llama la atención la perspectiva del joven autor –como vimos desde el título de la obra–, que no limita la fila de
los independentistas solamente a los criollos blancos, tradicionalmente
presentados por entonces como la cabeza y el alma de la ruptura del sistema
colonial, sino que incluye en esas filas a las amplias masas populares a través
de los protagonistas Indio y el mestizo Martino. La toma de partido martiana por
esas masas es tan marcada que a pesar de que es el criollo Pedro quien debate
con los representantes del colonialismo en las primeras escenas del acto
inicial, ya en ese mismo acto son Martino y el Indio quienes asumen no solo la
voz popular, sino que se proyectan como los líderes de la revuelta patriótica
que tiene lugar en el drama.
Además, la obra comienza con un diálogo entre Indiana y Coana, prometida de Martino, quienes repudian la conquista sobre
“nuestros abuelos”, “unos hombres de tez cobriza y alma noble y buena”, y
reclaman ante doña Fe y la Camarista su derecho a estar en la calle, pues ellas,
las indias, aunque de la plebe y no de la nobleza, son hijas de ese suelo donde
doña Casta no es más que una extranjera. Son, pues, indias rebeldes, cuya
actitud combativa está anunciando la revuelta que será el eje de la trama.

En un manuscrito sintetizando el argumento, y que quizás le sirvió de guía para escribir el drama, el propio Martí señala que es Martino quien termina con
las vacilaciones en la junta de independientes de Guatemala, presenta el tema de
la unión americana, recuerda a los indios que pelearon contra la conquista
(Hatuey y Guatimozín) y desata la conspiración libertadora.
En ese mismo texto plantea que el segundo acto sería el nudo del drama al ofrecerse en él las
“cavilaciones de la independencia”, la “gran pasión en Martino, en Barrundia y
en Molina”.2 Mientras que el tercer acto cerraba con la junta del 15 de
septiembre de 1821, y la decisión de declarar la independencia tras el arribo a
la sala y las palabras de Barrundia, primero, y de Martino, después, quien pide
y obtiene el decreto de independencia absoluta.
La sencilla trama, que en este guión parece atenerse a los sucesos históricos reales, parece que fue
cambiada por Martí durante la redacción del drama, pues ni Barrundia ni Molina
aparecen en el reparto3 ni en el desarrollo de la trama, y la versión más
completa que se conserva se desenvuelve en solo dos actos y no en tres.4 Por
tanto, el texto completo de que disponemos parece modificar los hechos del 15 de
septiembre de 1821 al dar tan relevante papel a Martino y al Indio, y al
presentarlos como una victoria absoluta de los patriotas ante los colonialistas
que se retiran derrotados y abandonan la escena, haciendo pensar en un posible
regreso a la metrópoli.
Con toda probabilidad, el teatrista se decidió finalmente por tomar los acontecimientos de la independencia centroamericana
como base de una alegoría que pudiera abarcar a todo el continente, y cuyo final
pudiera ser entendido como una alusión a la victoria militar de Ayacucho,
ocurrida en 1824 en la actual Bolivia, que determinó el fin del dominio hispano
en la América del Sur.
Que fuera su intención este abarcador sentido continental o que aludiera simplemente a Guatemala, lo cierto es que Martí
cumple lo que anuncia en el título de la pieza: la narración de la independencia
se nos entrega mediante un drama indio, en el que los líderes de los pueblos
originarios llevan las voz cantante, condenan el dominio colonial, convocan a la
pelea para su cese y finalmente resultan ser los triunfadores. Martí altera la
historia y coloca a los indios como los vencedores,5 aunque sabía perfectamente
que ello no había sido de tal manera, pues aquellos no encabezaron el proceso
liberador y prácticamente no disfrutaron beneficios o cambios sustanciales en
sus duras condiciones de existencia al proclamarse las independencias ni con las
repúblicas surgidas tras ellas.
¿Por qué esa voluntad de cambiar la historia? ¿Respondía ello a una necesidad artística del desarrollo del drama, o
no será que tal necesidad se desprende del deseo de llamar la atención del
público que vería la representación escénica –mayoritariamente formado por
blancos y algunos mestizos, pero casi seguramente sin o con muy pocos indios–
acerca de la importancia del componente indígena para nuestra América? Sus
textos guatemaltecos, como se dijo arriba, inclinan el juicio absolutamente
hacia la segunda respuesta.
Por demás, lo interesante del drama indio es que desde este escrito de juventud el cubano deja establecidas las líneas esenciales
que guiarían en lo adelante su mirada acerca de las independencias
hispanoamericanas.
Una de ellas es el mentís a las represalias de los indios sobre los blancos, o que pudiéramos llamar el miedo al indio, si seguimos lo que
en la colonia cubana se llamó el miedo al negro, en referencia a la propaganda
racista para dividir a blancos y a negros levantando el temor de los primeros a
una insurrección contra la metrópoli que serviría a los segundos para abolir la
esclavitud y eliminar a los primeros.
Así, en la escena IV de Patria y libertad, el padre Antonio pretende asustar a Pedro, el patriota criollo
blanco, y le dice:
¿Tú lo dudas? Y no miras
Esas dormidas poblaciones muertas,
Columnas vivas de rencor que hierven,
Bajo de su techumbre amarillenta!
¿No imaginas la bárbara falange
Que el campo tala, que la muerte siembra,
Y que, en venganza del agravio antiguo,
Hiere, asesina, juzga, y atropella?
¡Ay de vosotros, si despierto el indio
La humilde paja de su choza incendia!6

Obsérvese la cínica postura del sacerdote: por un lado reconoce que ese rencor y esa sed de venganza que dice
anima a los indios obedece a “agravio antiguo”; y por otro afirma que tales
pasiones harían víctimas de ellas a los criollos. Martí sabía que era
imprescindible enfrentar los prejuicios raciales, tanto en la filas de los
patriotas cubanos como en las naciones de la que ya en Guatemala llamaba nuestra
América.
En contraste, Pedro, el patriota criollo, dice que los intereses coloniales (la nobleza, la iglesia, el claustro) son “¡Los que adornan con
huesos sus zaguanes…”7 No fueron los indios, pues, los que co-metieron acciones
inhumanas y bárbaras.
Sin embargo, no hay una postura indigenista en Martí, entendiendo por esta el desconocimiento o rechazo de los otros factores
constitutivos de nuestros pueblos. En franca congruencia con su avanzado
concepto del mestizaje cultural, Martino nos es presentado como mestizo y
subversivo,8 por lo cual este verdadero protagonista de la pieza fija en un
parlamento ante su pueblo su pertenencia a una lid liberadora de alcance
continental.
(Colocándose al frente del pueblo.) ¡Soy la oveja
Que se vuelve indómita ante el lobo
Y exánime y atónita lo deja
Con el arma de Maipú y Carabobo.
Soy de Hidalgo la voz; soy la mirada
Ardiente de Bolívar: soy el rayo
De la eterna justicia, en que abrasada
América renace,
Desde las fuentes en que el Bravo nace
Hasta el desierto bosque paraguayo!9
Estas frases fortalecen la identificación entre Martino y el propio Martí, casi explícita por la cercanía de los nombres: tanto el cura
Dolores como el Libertador eran desde mucho antes los héroes favo-ritos del
cubano, quien, además, hacía tiempo que estudiaba los problemas de nuestra
América como un conjunto necesitado de abordar las soluciones mediante su
unidad.
No obstante tales padres, Martí remonta la pelea libertadora de nuestros pueblos a los tiempos de la conquista, y menciona a Moctezuma, Hatuey,
Cuauhtémoc, Anacaona como verdaderos mártires de la libertad que daban
argumentación para la pelea por la independencia.
La toma de partido martiana por los indígenas se patentiza con fuerza al describir la brutalidad de
los conquistadores para aplastar su resistencia.
¡Pueblo! Contempla
Este cuadro de horror! Ve a tus abuelos
En humos transformados,
Los próceres quemados,
Los miembros palpitantes por los suelos,
Los niños sin piedad despedazados!10
Y, finalmente, Martino, en su condición de líder popular, culmina el primer acto con este emotivo llamado a pelear por la independencia a
partir de la memoria de esas atrocidades.
¡Al llano, al cerro!
¡Todo el mundo a la lid! ¡Corre encendido
Por la América Hatuey! ¡Manos al hierro!
¡A luchar, con los brazos, con los dientes!
¡Armas dará la suerte: Dios da bríos!
A luchar con las aguas de las fuentes!
¡A luchar con las ondas de los ríos!–11
Dos elementos del mayor interés, ambos característicos de su perspectiva y de su actuación política, afloran en la mirada martiana ante el
proceso independentista en Patria y libertad. Uno es su fina sensibilidad
en la comprensión de las clases populares, que, nuevamente, lo aleja de posturas
indigenistas. Estas clases, aunque integradas de manera numéricamente aplastante
por los indios en países como Guatemala, incluían otros sectores. Veamos este
intercambio de ideas entre los representantes de la colonia:
PADRE ANTONIO. Triunfa la plebe.
UN NOBLE. Y la chusma loca
El albañil, el sastre, el carpintero,
Dueños serán y vestirán la toga.
PADRE ANTONIO. Al augusto monarca el cetro quitan
Y en las plebeyas manos lo colocan!
NOBLE. ¡Podrá ser ese menguado zapatero
Regidor como yo!–12
El otro es su estima por los españoles reprimidos por el absolutismo monárquico, a los que llama hermanos y
para los que Martino pide abrir los brazos generosamente, honrarlos en la mesa
propia y hasta darle la hermana por esposa.13 Es evidente que ya Martí tenía
clara su concepción de las dos España, la monárquica y absolutista frente a la
popular, y que tomaba partido por la segunda.
Finalmente, toda la pieza rezuma un sentido de actualidad que de seguro no escapó al público asistente a
la puesta en escena. El esperanzador llamado de Martino en los últimos momentos
del drama expone con claridad cómo su autor ofrecía una lectura del proceso
independentista en función de aquel, su presente que, sabemos, él entendía debía
cumplir la tarea liberadora inconclusa.
Ahora a luchar por una nueva vida,
A trabajar para una patria nueva.14
1 En “Los códigos nuevos”, dice: “Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización
americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no
español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se
ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que,
siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo en la
forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma
propia.” (p. 89.)
2 p. 136.
3 Si exceptuamos la mencionada al parecer equivalencia entre Martino y Barrundia en el reparto.
4 Además de la versión mecanografiada completa del texto, se dispone de varios fragmentos manuscritos
coincidentes con la mecanográfica en el desarrollo del argumento. Véanse pp.
111-172.
5 La obra termina con una acotación en la que se coloca a Martino abrazado a Coana y a Indiana, a los que se califica como “símbolos de las dos
Américas, iluminados por la clara luz del fondo.” La alegoría es directa y
expresa.
6 p. 117. (Las negritas son mías.)
7 p. 130.
8 p. 114.
9 Obsérvese cómo, dada su condición de antillano, Martí incluye a los caciques dominicanos Hatuey y Anacaona entre los héroes de la resistencia
indígena a la conquista. (pp.121-122.)
10 p. 124.
11 p. 125.
12 p. 126.
13 p. 129.
14 p. 133.
3.- Es la hora del recuento, y de la marcha unida, José Martí OC Vol. 6 Nuestra América. (Por ORLANDO LICEA)


Una y otra vez, mientras disfrutaba el reencuentro con un amigo, y escuchaba las ideas de un grupo de entusiastas estudiosos, ansiosos por resolver
el enigma de la Revolución Bolivariana, por dar cauce seguro, sólido y estable,
al compromiso sagrado de liberar, no sólo a Venezuela a Cuba o al Ecuador, sino
a la América toda, del sufrimiento acumulado durante siglos de dominio y
explotación inicuos, venía a mi mente la frase de Martí que encabeza este
intento y lo mucho que nos queda por aprender y aplicar del pensamiento de
nuestros ancestros, sagrados e ilustres, en la lucha por la felicidad de
nuestros pueblos.

Terminadas las horas de intercambio y disfrute, de interacción activa, vino la necesaria reflexión, y la decisión de escribir estas
líneas, que intentan ser una especie de aviso sobre la urgente necesidad de
poner el pensamiento y la obra de Martí, de Bolívar, del Che y de todos los que
nos antecedieron en la lucha por una América unida, feliz y próspera. Lo haré
con un ejemplo, el análisis del trabajo Nuestra América, escrito por Martí hace
ya tiempo, pero de una impactante actualidad.

"Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o
le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los
ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que
llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la
pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo
mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son
para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como
los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las
otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que
taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para,
como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los
pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocers e, como quienes van a
pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren
los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa
mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos."

No hay que perder tiempo buscando en Nostradamus, las profecías para la América Latina
están hechas por los americanos mismos, y Martí, junto a Bolívar son los dos
grandes profetas de nuestras tierras. En estos mismos días, el gigante de las
siete leguas, anda metiendo sus narices por diversos rincones de nuestra patria
común, a ver cómo reaccionamos, y si no superamos pronto el espíritu de aldeano,
nos puede poner en un instante la bota encima.

"Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor,
restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y
talen las tempestades; los árboles se han de poner en fila, para que no pase el
gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y
hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes."


Si Martí escribió y sufrió, si previó y avisó y alertó, sobre los peligros que asechaban a nuestra América, cuando el gigante era apenas un niño,
y aún no había enseñado a las claras sus intenciones de dominio universal, si
dio respuesta clara, precisa y concisa al interrogante de como pararlo, e
inmovilizarlo, antes de que pusiese sus manos y sus botas, empapadas de fango y
sangre, sobre nuestros románticos, valerosos y sufridos pobladores. ¿A que
buscar consejo y soluciones en lejanas tierras? ¿A que estimular, bajo pretextos
varios la división sectaria que nos debilita?

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete
meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les
alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera,
el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay
que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria
que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o
vayan a Tortoni de sorbetes. Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de
que su padre sea carpintero! Estos nacidos en América, que se avergüenzan,
porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡bribones!,
de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues,
¿quién es el hombre? el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el
que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras
podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando
el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? Estos hijos de
nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos
desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga
en sangre a sus indios y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y
no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta
tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en
que los veía venir contra su tierra propia? estos "increíbles" del honor, que lo
arrastran por el suelo extranjero,"

Gusanos en Cuba, Escuálidos en Venezuela, y con otros nombres y matices, este segmento lamentable de la
población de nuestros países, sigue existiendo y constituye quizás un peligro
mayor que la existencia del gigante mismo.

"A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América
no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con
qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para
llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado
apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la
abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su
trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu
del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la
constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los
elementos naturales del país."

Genial respuesta a los que quieren imponer desde afuera, como una y otra vez lo han hecho y lamentablemente logrado
en ocasiones, modelos de gobierno hechos a la medida para facilitar que la bota
pise sobre césped blando y no sobre espinas, piedras afiladas y volcánica lava,
como corresponde a su diabólica vocación opresora y asesina.

"Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador."

Chávez ha sido un creador, Fidel igual, Evo lo está siendo, y Correa y cuantos han
arribado al poder con la intención noble y sagrada de convertirlo en un modo de
hacer felices a los seres humanos de estas tierras. Es la única manera de logar
en un mundo diseñado para la opresión, que los pueblos prosperen y adelanten.


"¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno,
que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A
adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y
aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría
de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política.
La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se
enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia
que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de
reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo;
pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido;
que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras
dolorosas repúblicas americanas."

Mucho habría que comentar sobre estas afirmaciones martianas, urge reunirnos para analizarlas e incorporarlas a
nuestro cotidiano quehacer y quepensar. Otro insigne latinoamericano Aníbal
Ponce, desarrollando esta idea, demostró que los programas escolares, elaborados
todos en las metrópolis, son eficaces instrumentos para detener nuestros ímpetus
liberadores y para hacer fracasar los movimientos sociales y las revoluciones
que intenten poner a nuestras tierras en condición de ser habitadas por seres
humanos libres y felices.

"Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de
los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de
la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le
oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta,
tiene al tigre encima.
La colonia continuó viviendo en la república; y
nuestra América se está salvando de sus grandes yerros, de la soberbia de las
ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la
importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e
impolítico de la raza aborigen"

El tigre, con sus garras de terciopelo, nos está husmeando, se le siente, se le huele, el tigre de afuera y la hiena de
adentro, dispuesta a alimentarse de la carroña y los despojos. Y hay urgencia en
desarrollar los sentidos, en seguir los consejos de Martí, en enseñarnos como
somos, uno en carne y sangre, un solo pueblo y una sola nación, dividida
artificialmente para facilitar el dominio. Y en materializar el sentido de la
vida de Bolívar, la unidad de todos los pueblos de América Latina, estamos a
tiempo, si nos tardamos, no quedará laringe para lamentaciones, ni ojos para
lágrimas. Martí sigue insistiendo:
"El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá; con las zarpas al aire, echando llamas por
los ojos."

Téngase bien en cuenta que estas líneas fueron escritas por Martí aun antes de que el tigre hubiese puesto sus garras sobre los pueblos de
Nuestra América.

"Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. "¿Cómo somos?" se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en
Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son
todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de
América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan
con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la
salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El
vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas
de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales;"

"Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la
critica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta
los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la
América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre
natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan,
de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas
naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para
copiar."


Aunque quizás innecesaria, valga la aclaración de que Martí no divide a Nuestra América en naciones, sus problemas son comunes, por
las venas corre la misma sangre, y cumplirán el mismo destino.

"De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está
durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a
recobrar, con prisa loca y sublime los siglos perdidos. Otras, olvidando que
Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una
pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre
liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de
la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz
contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas."

A continuación lo más trascendente e inaudito, Martí se va a referir al peligro que para
Nuestra América representan los Estados Unidos, ya una vez nos hicimos sordos a
su clamor, y pusieron sus botas sobre nuestros sagrados pueblos, la historia nos
ha dado una segunda oportunidad, y esta vez estamos corriendo los mismos
peligros y tenemos oportunidad de ensayar las mismas soluciones, el autor confía
en que esta vez nuestros sentidos estén más aguzados.

"Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la
diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores
continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones
intimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña."


"como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación
pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,
el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e
intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de
abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos
dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la
conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la
visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la
desdeñe.
Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por
el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe
en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo
mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor 'prevalece.
Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y
otra para quien no les dice a tiempo la verdad. No hay odio de razas, porque no
hay razas.
Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y
recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial
buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor
victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma
emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca
contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las
razas."


De paso señala Martí otro peligro y otra arma, hacer énfasis en las diferencias de raza, en Cuba misma, vestida de necesidad de
desarrollo, se ha venido hablando demasiado del problema racial, debía hablarse
más del problema humano.

Como "Pensar es servir." Quisiera terminar con el llamado urgente a reflexionar sobre el pensamiento de Martí, y a la
necesidad imperiosa de aplicarlo consecuentemente y agradecer a mi amigo Luis
Vargas por las provocaciones que dieron lugar a estas líneas.

Foto Virgilio PONCE

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