Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos


HONRAR HONRA No. 37/10
Órgano de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado de la República de Cuba.
Editor: Subdirector Lic. Eulogio Rodríguez Millares.
Calzada No. 801, ent. 2 y 4, Vedado, Plaza de la Revolución, Ciudad de la Habana
Telf. 831-1910, 838-2298 Fax 836-4756
eulogio.rodriguezmillares@josemarti.co.cu
eulogio_rodriguezmillares@yahoo.es
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“Es probable que ningún cubano quien tenga en algo su decoro desee ver su país unido
a otro donde los que guían la opinión comparten respecto a él las preocupaciones
solo excusables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia. Ningún
cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el
mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud
y desprecia su carácter” José Martí O. C. T-1, P-236, (Vindicación de Cuba,
1889


INVITACIÓN A LA II CONFERENCIA INTERNACIONAL BOLÍVAR, LINCOLN Y MARTÍ EN EL ALMA DE NUESTRA AMÉRICA, CARACAS, VENEZUELA (NOVIEMBRE 17
AL 20)
secretariaiiconferenciablm@gmail.com http://www.josemarti.cu/
http://martianos.ning.com/ ; http://www.cubaminrex.cu/index.htm
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DOCUMENTOS INCLUIDOS EN ESTE NÚMERO.


1.- PRESERVAR Y ENRIQUECER LA VIDA ESPIRITUAL DE NUESTRA PATRIA1
por Dr. Armando Hart Dávalos
2.- NOTICIERO DEL ACONTECER DE LA ALTERNATIVA MARTIANA PARA NUESTRA AMÉRICA (ALMA) Página 14

1.- PRESERVAR Y ENRIQUECER LA VIDA ESPIRITUAL DE NUESTRA PATRIA.
Por Dr. Armando Hart Dávalos

Jóvenes que vivirán bien entrado el siglo xxi:
Estamos en un momento excepcional de la historia humana; es más, de la larga evolución natural de nuestra especie. No
es una exageración y Fidel lo ha expresado de manera dramática: “O cambia el
curso de los acontecimientos o no podría sobrevivir nuestra especie”. Deseo
plantearles algunos criterios acerca de cómo podemos enfrentar estas
responsabilidades con las ideas de José Martí.
Es un honor inmenso que en vísperas del VIII Congreso de la UJC me hayan invitado a exponerles algunas
reflexiones a tan representativa asamblea de cuadros de nuestra vanguardia
juvenil.
He tenido la felicidad de colaborar en una obra como la de Fidel y asumir como propio el conjunto de ideas y aspiraciones presentes en el corazón y
la acción de nuestro Comandante en Jefe. Mi único mérito consiste en haber
mantenido fidelidad absoluta a sus ideas y aspiraciones. Ello me ha permitido
adquirir enseñanzas políticas que quisiera trasmitirles.
Si me tocó el privilegio de vivir y trabajar modestamente junto a él en los últimos cincuenta
años, pienso que la única manera digna de hablar sobre esta historia es la de
referirme a mis experiencias personales adquiridas en este medio siglo. En la
Revolución de Fidel se sintetiza y recrea el mejor pensamiento europeo,
latinoamericano y caribeño; es decir, el ideal socialista y el latinoamericano.
Cuba encarna y proyecta, en síntesis universal, esta experiencia singular y
sería absurdo que fuéramos a perder la oportunidad de trasladárselas a quienes
vivirán, como ustedes, bien entrado el siglo xxi. Los jóvenes deben tratar de
descubrir, estudiar y profundizar en este aporte singular de Cuba y de América
Latina a la historia de las ideas en el mundo. Cuenten, desde luego, con mi
modesta colaboración para tales fines.
Sin desconocer el interés práctico que en lo inmediato puede tener un diseño económico-político acertado para orientar
las acciones humanas, les recomiendo no atarse filosóficamente a modelo alguno,
sino seguir principios y valores éticos sin los cuales andarían desorientados
por el mundo y acabarían siendo infelices.
Mi hermano Enrique solía decir que ninguna revolución podía ser preconcebida en sus detalles. Él era
apasionadamente racional y sentía, incluso antes que Fidel y el Moncada se nos
presentaran como la gran revelación, que algo grande se gestaba en Cuba a partir
del 10 de marzo de 1952. Los jóvenes que estuvimos tras los muros de las
cárceles cubanas, los que peleamos en el llano y en la sierra, teníamos
sentimientos e ideas morales nutridas de aspiraciones redentoras venidas de una
larguísima historia.
Cuando nos encontramos ya en el cuarto año del siglo xxi, puede apreciarse que no existe hoy cuestión más importante y vital que la
cuestión ética que aprendimos nosotros desde la infancia y, en especial, cuando
desde mediados de los años cuarenta y principios de los cincuenta alzamos aquel
lema inmortal: “Vergüenza contra dinero”
. La moral se ha convertido hoy en la exigencia política y económica de primer orden. Históricamente, esto no se ha
entendido en el mundo en toda su profundidad; sin embargo, se puede probar que
la cultura es el factor más dinámico y enriquecedor de la economía y en ella la
ética desempeña un papel decisivo. El principal error de las izquierdas en el
siglo xx precisamente consistió en trazar un abismo entre cultura y política.
Cuba posee una enorme riqueza espiritual para superar este déficit cultural del
pensamiento de las izquierdas. Y luego volveremos sobre esto.
Hay una idea clave de Fidel, que sintetiza el mensaje que deseo subrayar: “El gran caudal
hacia el futuro de la mente humana consiste en el enorme potencial de
inteligencia genéticamente recibido que no somos capaces de utilizar”.
Es decir, en las potencialidades de la mente humana están las posibilidades que
podemos y debemos desarrollar. La educación y la cultura adquieren, por tanto,
una importancia capital para tales propósitos. Para hallar la fórmula correcta
que nos permita dar pasos en esa dirección relacionemos, como lo hacía el
Apóstol, la bondad con la inteligencia y la felicidad de cada hombre, de un
lado, y la maldad con la estupidez y la infelicidad del otro. Los modernos
avances de la psicología confirman que esta tesis martiana de que los
sentimientos, las emociones y la capacidad intelectual del hombre tienen una
relación muy directa, y son los que permiten el equilibrio individual en cada
persona en particular; y también tiene su confirmación en descripciones hechas
en el campo fisiológico del funcionamiento de la mente humana. Esto, desde
luego, tiene validez a escala social e histórica: se pued e comprobar con el
examen minucioso de la historia universal.
Los sistemas políticos y sociales perecen no solo por la maldad, sino porque son guiados dramáticamente por la
torpeza. Lo demuestra la historia de Cuba en su relación con el colonialismo
español primero y, más tarde, con el neocolonialismo estadounidense. Es una
verdad histórica a tener muy en cuenta cuando se viene produciendo el ocaso
—peligroso para la humanidad— del sistema de dominación capitalista. Pero, como
ha dicho Fidel, “los momentos de graves crisis suelen ser los de grandes
decisiones”. Esta es una época, que, además, ofrece posibilidades para generar
riquezas y mayor felicidad para los hombres.
La generación forjadora de la revolución socialista de Cuba, sobre la base de estos principios, tiene lazos
profundos con los pueblos de América, el mundo y con las raíces de la cultura
occidental, en cuya fuente más remota está la religión de los esclavos de Roma:
el cristianismo. Estudiarlos e investigarlos en el entretejido de ideas y hechos
que esa historia ha ido forjando, es decisivo para nuestra vida espiritual e
incluso material. Es determinante para enfrentar los desafíos que tiene el país
en sus relaciones con el mundo.
Cuando me preguntan cuál será el futuro de Cuba, respondo: “¿Cuál será el del mundo?” Porque nuestro pueblo ha enlazado
históricamente su destino al de la humanidad. En la década de 1830, el poeta
José María Heredia, respondiendo a un señalamiento del presidente estadounidense
Adams, de que Cuba no podía ser independiente porque un poder europeo se
apoderaría del país, afirmó que, si eso ocurriera, se produciría un colapso en
toda la civilización occidental. Ya saben ustedes que las tesis martianas sobre
el equilibrio del mundo y el papel de Cuba en relación con las pretensiones
hegemónicas de los Estados Unidos, es un elemento clave en el pensamiento del
Apóstol. Saben, también, que fue precisamente en nuestro país donde se produjo,
con la intervención norteamericana en la guerra en 1898, el acta de nacimiento
del imperialism o yanqui. Esto lo afirmó el propio Lenin.
En 1962, Cuba fue escenario de la Crisis de Octubre o Crisis de los Cohetes, la situación
potencialmente más peligrosa para toda la humanidad en el período de la Guerra
Fría. Comentando este hecho con Gabriel García Márquez, este me dijo: realmente
ha sido el más peligroso de toda la historia universal hasta el momento.
Se trata, pues, de una línea histórica relacionada con el papel de Cuba en sus
relaciones con el mundo. ¿Cómo se comportará esta cuestión en los comienzos de
esta nueva centuria? Si los Estados Unidos emprende una acción agresiva contra
nuestro país, se cumpliría la predicción de Heredia en el sentido de que se
producirá una catástrofe universal. Estoy plenamente convencido de ello.
Una acción estadounidense contra nuestro país significaría un Vietnam en el Caribe;
y esto tendría una repercusión de incalculables resultados en el desarrollo de
la propia civilización estadounidense, porque esta civilización anda en una
crisis muy profunda, que —como hemos señalado— comporta graves peligros para
toda la humanidad y en particular para ustedes, jóvenes que vivirán mucho más
tiempo que nosotros para participar en esa historia.
Analicemos la naturaleza del drama.
En el primer cuarto del siglo xx, Oswald Spengler, filósofo alemán conservador, llegó a la conclusión de que a finales de ese siglo
se produciría la decadencia de Occidente. De igual manera, el ilustre patriota
cubano Salvador Cisneros Betancourt, constituyentista de 1901, consecuente y
radical opositor de la Enmienda Platt, señaló, a principios del xx, que el
camino que entonces recorría Norteamérica conduciría a la decadencia de su
inmenso poder; y advirtió a los gobernantes de ese país —pensando desde luego en
Cuba— que recordaran que no había enemigo pequeño.
Ya en 1887, nuestro Héroe Nacional, al analizar con visión premonitoria los peligros que se gestaban en
Norteamérica, afirmó:
Se van levantando en el espacio, como inmensos y lentos fantasmas, los problemas vitales de América:—piden los tiempos algo más
que fábricas de imaginación y urdimbres de belleza. Se puede ver en todos los
rostros y en todos los países, como símbolos de la época, la vacilación y la
angustia.— El Mundo entero es hoy una inmensa pregunta.

En nuestros días, al igual que para Martí en su época, el futuro del planeta se nos presenta
como un gran signo de interrogación y el drama humano está siendo llevado al
extremo de “humanidad o muerte”.
Por todas estas razones, es importante que desde vuestro congreso se plantee la necesidad de estudiar, con rigor y
profundidad, el aporte de Cuba al mundo en dos siglos de historia. Somos el
fruto de un desarrollo singular que hizo posible enlazar el pensamiento
socialista con la tradición cultural de los siglos anteriores.
Para ayudar a comprender cabalmente las excepcionales responsabilidades que, en el futuro,
corresponderán a Cuba y a sus jóvenes, les presento un trabajo que he titulado
“Una interpretación de la historia de Cuba desde el 2001”. Estudiar e
interpretar esa historia es un deber mayor, si cabe, para los jóvenes a quienes
corresponde tomar en sus manos la continuidad de la Revolución.
Es necesario tomar muy en cuenta que el drama actual de la llamada civilización occidental no
se refiere solo a la caída del campo socialista, ni a la ruptura del ideal
socialista, tal como se expresó en el derrumbe de la Unión Soviética y los
países socialistas de Europa del este. Es, sin duda, la crisis más profunda
desde la caída del imperio romano hace más de mil quinientos años.

Analicemos tres corrientes del pensamiento y de los sentimientos de la llamada cultura occidental.
En primer lugar, el cristianismo que emergió en medio de la caída del imperio romano, que más allá de cualquier análisis o
interpretación de sus concepciones religiosas, objetivamente representó la más
antigua raíz de la cultura ética y de los llamados pueblos occidentales, al
exaltar a la salvación del hombre en la tierra. En segundo lugar, el
renacimiento del siglo xv y la modernidad europea de los siglos xvii y xviii,
que exaltaron el valor de la ciencia, la racionalidad y los llamados derechos
del hombre y del ciudadano. En tercer lugar, el ideal socialista que en sus
diversas corrientes e interpretaciones subrayó el papel de las ciencias sociales
y la economía para alcanzar el objetivo de redención humana.
Estas tres grandes vertientes de la milenaria cultura de Occidente entraron, en los finales
del xx y principios del xxi, en aguda crisis de credibilidad y estamos hoy
amenazados con el agotamiento de todas las reservas espirituales de la
humanidad. Esto ha acontecido porque, tanto el cristianismo en sus fundamentos
morales y aspiraciones redentoras como la modernidad europea —que nos
simbolizamos en la Revolución Francesa, y el ideal socialista con su confianza
en que se podrían enfrentar estos problemas con la socialización de los medios
de producción para alcanzar la igualdad y la liberación del hombre— fueron
tergiversando sus esencias ideales en virtud de la acción de los hombres. Estas
transgresiones nos las podemos representar muy esquemáticamente en la
Inquisición, en la traición de la Revolución Francesa desde los tiempos de
Napoleón y luego la Santa Alianza, que promovió al sistem a capitalista y apoyó
la esclavitud y a los sistemas coloniales y, por último, en la gravísima
trasgresión ética que se produjo en la URSS tras la muerte de Lenin y que
convirtió los luminosos pensamientos de Marx, Engels y el propio Lenin, en una
grotesca caricatura que acabó en el desenlace trágico de la destrucción del
socialismo real.
Esto sucedió porque nunca se entendió y asumió a plenitud que la cultura, en tanto segunda naturaleza creada por el hombre, forma parte de
la identidad humana de cada persona en particular y de la humanidad en su
conjunto. Los instintos egoístas que yacen en la conciencia y en la
subconciencia humanas se impusieron por encima de lo que Engels llamó “las
mejores disposiciones humanas”.
La política de la URSS, tras la muerte de Lenin, se fue separando progresivamente de la cultura europea, en cuya cúspide
estaban Marx, Engels y el propio Lenin. En América Latina heredamos también el
problema. Analicemos algunas ideas a propósito de la Reforma Universitaria de
Córdoba en 1918 y que tantos recuerdos nos traen sobre los vínculos entre
cultura y política. Baste decir que la izquierda latinoamericana se divorció de
los antecedentes de Córdoba y de las figuras esenciales que trataron de renovar,
a partir de la cultura latinoamericana, las enseñanzas de Marx y Engels.
Recuérdese lo sucedido con el pensamiento de José Carlos Mariátegui, que quedó
subestimado.
En Cuba, no ocurrió así porque la tradición patriótica del siglo xix y su expresión más alta, José Martí, fue rescatada y reivindicada por
la juventud revolucionaria a partir de la década de 1920 de la república
neocolonial y ensamblada, más tarde, con el pensamiento socialista. Correspondió
a Julio Antonio Mella y a otros destacados luchadores revolucionarios, en medio
de innumerables dificultades, asegurar la continuidad histórica de ese legado
asumido y desarrollado posteriormente por Fidel y la Generación del Centenario.

Una aspiración clave de nuestra tradición espiritual y política ha sido siempre alcanzar la justicia social con un sentido universal. Ella distingue
nuestras batallas por la independencia en el conjunto de las luchas
emancipadoras del continente.
A nosotros se nos educó en principios éticos y se nos dijo que el mejor discípulo de Varela, el maestro José de la Luz y
Caballero, forjó a la generación de patriotas ilustrados que se unieron a los
esclavos para proclamar la independencia del país y la abolición de la
esclavitud en 1868. Fue Luz, fundador de la escuela cubana, quien expresó en su
conocido aforismo: “La justicia es el sol del mundo moral”. El Apóstol lo llamó
el silencioso fundador, y sus enseñanzas permanecen en nuestro recuerdo
agradecido, y forma parte de ese hilo invisible que une a los hombres y a los
acontecimientos de nuestra historia.
En Martí se encarnaron estas ideas y sentimientos, y él les dio profundidad mayor y alcance universal. Podemos
visualizarlo en la decisión de echar su suerte “con los pobres de la tierra”, no
solo de Cuba, sino del mundo.
Esa tradición, que exalta la justicia y la ética, está presente asimismo de manera destacada en el pensamiento de otras
grandes figuras de nuestra historia. Las ideas del general Antonio Maceo
Grajales —quien poseía, al decir de Martí, “tanta fuerza en la mente como en el
brazo”— expuestas al gobernador español Camilo Polavieja constituyen un
enaltecedor ejemplo:

[…] jamás vacilaré porque mis actos son el resultado, el hecho vivo de mi pensamiento, y yo tengo el valor de lo que
pienso, si lo que pienso forma parte de la doctrina moral de mi vida.

Y en otra parte de la misma carta agrega:

La conformidad de la obra con el pensamiento: he ahí la base de mi conducta, la norma de mi pensamiento, el
cumplimiento de mi deber. De este modo cabe que yo sea el primer juez de mis
acciones, sirviéndome de criterio racional histórico para apreciarlas, la
conciencia de que nada puede disculpar el sacrificio de lo general humano a lo
particular.

Más adelante señala:

Vislumbro en el horizonte la realización de ese mi ideal, casi parecido al ideal de la humanidad, humanizado
con los grandes bienes que tiene que realizar en el porvenir. [...] no hallaré
motivos para verme desligado para con la Humanidad. No es, pues, una política de
odios la mía, es una política de amor; no es una política exclusiva, es una
política fundada en la moral humana [...] no odio a nadie ni a nada, pero amo
sobre todo la rectitud de los principios racionales de la vida.

No es un profesor de ética quien expresó estos conceptos, pero los profesores de ética
debieran fundamentarse en estas líneas para comenzar sus clases.
Sobre estos fundamentos, la generación forjadora de la revolución socialista de Cuba tenía
lazos profundos con los pueblos de América, del mundo y con las raíces éticas de
la cultura occidental.
El sacerdote católico Félix Varela —quien abrazó la causa de la independencia— y los maestros predecesores retomaron de la mejor
tradición cristiana el sentido de la justicia y de la dignidad humana y, desde
luego, de las revoluciones europeas y de la tradición bolivariana. Se nos enseñó
que los padres fundadores de Cuba relacionaron todo este acervo cultural con el
pensamiento científico y se nos explicó que en las esencias de la cultura
nacional y de la revolución de Martí no podía tener cabida la intolerancia. En
todo caso, no estaba en el espíritu de la Revolución Cubana. En Cuba, la
intolerancia no tiene fundamentos culturales ni siquiera religiosos; cuando se
ha presentado ha sido por incultura o por dependencia a ideas ajenas a la
tradición patriótica nacional.
Esta fue la cultura que, tras una larga evolución llena de contradicciones y luchas políticas y sociales, llevó a la
Generación del Centenario a las ideas socialistas. Desde luego, también estuvo
presente el hecho de que el imperialismo siempre apoyó a Batista y a los peores
regímenes de la república neocolonial. Los Estados Unidos creó y sostuvo el
régimen golpista del 10 de marzo.
Por todo ello, aspiramos a que maestros y políticos interesados en buscar símbolos y señales puedan hallar en nuestra
historia los fundamentos más puros de la cultura ética de la nación cubana.
Asimismo, que filósofos y científicos sociales, y estudiosos de las ciencias del
hombre profundicen en el tema de la subjetividad humana, que está en el corazón
de lo que se ha llamado utopía cubana.
Por tierras del Caribe se inició la modernidad y fue también aquí donde se produjo esa advertencia o
aldabonazo que constituye la victoria revolucionaria de 1959. Que el llamado no
fuera tomado en cuenta con suficiente conciencia y que los cambios en América y
el mundo no resultara posible alcanzarlos en el siglo xx, no significa, ni mucho
menos, que todo esto pueda ser ignorado hacia el siglo xxi. Solo representa que
América Latina tiene una revolución en el vientre, y sabemos que los procesos de
gestación en la historia humana no se miden por meses, ni se conoce por
anticipado la forma en que van a ocurrir. Estamos en la frontera entre lo que
Martí llamó las dos secciones adversas del continente. Aquí se iniciaron las dos
revoluciones más decisivas del hemisferio occidental: la de México, en 1910, y
la de Cuba, en 1959.
Recordemos que, con la independencia de Cuba y de la América Latina y el Caribe, el Apóstol aspiraba a evitar la guerra que llamó
innecesaria entre el norte y el sur de este lado del mundo; para eso aspiraba a
influir a favor del equilibrio del mundo.
Lo cierto es que Cuba sin la Revolución no es Cuba. Como se ha dicho, la Revolución nacida el 10 de Octubre
de 1868, fue la que creó a la nación cubana. En otras partes han existido
naciones que hicieron revoluciones: aquí fue la Revolución la que contribuyó a
forjar una nación. Así se identifican “nación” y “revolución” sobre el
fundamento del más absoluto respeto al inmenso abanico de ideas, emociones y
sentimientos que ofrece lo que Fernando Ortiz llamó el ajiaco, característico de
la cultura nacional: somos un ajiaco con sabor a justicia. Y ella emergió con
dos principios en sus esencias: la independencia total del país y la liberación
social radical; sin estos valores no hay Cuba.
Esta identidad nacional tiene carácter y vocación universales en tanto fue síntesis de los mejores valores
espirituales forjados por la humanidad en más de quinientos años de historia; es
decir, desde Fray Bartolomé de Las Casas hasta Fidel Castro.
En la primera mitad del siglo xix, los grandes poderes del mundo occidental —España, los
Estados Unidos, Inglaterra y Francia— tenían a Cuba y las Antillas como claves
de su política hegemónica. Al extremo de que el pensamiento conservador cubano
—representado germinalmente por José Antonio Saco— aspiraba a libertades
políticas y económicas bajo la tutela de la metrópoli española, porque temía que
el país cayera en manos norteamericanas y que una rebelión en Cuba provocara un
conflicto armado entre las grandes potencias de la época. O sea, el
alumbramiento de la nación tuvo lugar en medio de conflictos y contradicciones
inmensas entre las más grandes potencias de la época anterior a 1868.
Esta misma realidad —enfocada desde una óptica revolucionaria y con alta conciencia
iberoamericana y universal— es la que confirma objetivamente la cultura de José
Martí. El Apóstol aportó en torno al tema abundante y enriquecedora literatura.
Su pensamiento surge en los tiempos posteriores a la Guerra de Secesión de los
Estados Unidos y madura en ese país entre 1881 y 1895; es decir, en Nueva York,
cuando llegaba a la ciudad el más amplio y universal entrecruzamiento de ideas
que haya tenido lugar en el hemisferio occidental —y en los momentos del ascenso
estadounidense a potencia mundial, y el descenso de España como imperio
colonial.
La idea martiana de la independencia de Cuba y las Antillas como una contribución al equilibrio entre las dos Américas y del mundo, es una de las
claves de la historia de la cultura política cubana. Por esto, el estudio de la
historia de Cuba y su evaluación a partir de la realidad de hoy y de las
posibilidades de mañana, nos permite comprender mejor el papel de Cuba y su
Revolución ante los colosales desafíos que enfrenta la humanidad.
Jóvenes:
En la médula de la Revolución Cubana ha estado la Universidad; nada grande se hizo en Cuba en el siglo xx, que pueda llamarse revolucionario, sin la muy
destacada participación de la Universidad de La Habana; e, incluso, en momentos
decisivos de su historia, la Universidad de La Habana estuvo como centro
promotor fundamental de la historia de la Revolución. No por casualidad en
nuestra Aula Magna se guardan los restos del sacerdote Félix Varela, el hombre
que nos enseñó a pensar; y no por casualidad fue un hombre de profundo
pensamiento científico y pedagógico, Enrique José Varona, quien habló cuando se
depositaron allí los restos de Varela.
Todos los acontecimientos revolucionarios del siglo xx han tenido a esta institución universitaria en la
vanguardia.
En los tiempos del Moncada, en 1953, cuando “parecía que el Apóstol iba a morir”, fue la Generación del Centenario la que asumió a plenitud
la fuerza espiritual del pueblo cubano y lo tuvo que hacer porque ninguna
institución del país —mucho menos las de carácter político— estaba en
condiciones entonces de desempeñar esta responsabilidad. La corrupción, el
entreguismo al imperialismo dominaban el ambiente social, político y cultural de
la nación y los sentimientos e ideas cubanas estaban amenazados con ser
aplastados para siempre.
El sistema pluripartidista y las organizaciones fundamentales de la llamada sociedad civil neocolonial eran impotentes e
incapaces para este propósito porque tenían su destino indisolublemente unido a
los intereses imperialistas y se sumaron al golpe o lo combatieron solo
verbalmente, sin poder ofrecer respuesta adecuada.
Los imperialistas, en la década del cincuenta, solo disponían de la ilegalidad y el crimen y de su
alianza con la peor escoria que representaban los violadores de la ley: los
mandos militares integrados, en su mayoría, por asesinos y criminales de la peor
especie. Los estudiantes y trabajadores, interpretando un sentimiento nacional,
rechazaron el régimen ilegal, mientras que las instituciones políticas y
sociales de la sociedad neocolonial, por venalidad y entreguismo, resultaron
impotentes para enfrentar la nueva situación creada.
La cohesión y unidad del pueblo cubano constituyen una constante en nuestro devenir histórico. Desde
los tiempos de gestación, que comenzaron en los finales del siglo xviii y, sobre
todo, a partir del alumbramiento de la nación el 10 de Octubre de 1868, hasta el
presente, la nación cubana ha estado marcada por una identidad, la que
representaron Varela y Luz y Caballero en la educación durante la primera mitad
de aquella centuria cargada de sabiduría, y, más tarde, Céspedes y Agramonte,
Gómez, Maceo y Martí, en la segunda mitad del siglo xix.
Esta identidad en el siglo xx, viene marcada por maestros como Enrique José Varona, y por
revolucionarios militantes como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena,
Antonio Guiteras y los combatientes del Moncada, de la sierra, del llano, que
abrieron el camino a la victoria de enero. Esa identidad es la única que puede
facilitar la diversidad en la cultura y en la vida espiritual cubana. Quienes la
asuman podrán enriquecerla; quienes no la asuman solo pueden aspirar al caos, la
disociación y el desorden.
Otro elemento clave a tener en cuenta es que la Revolución, en la década del cincuenta, se inició como un enfrentamiento a los
que violentaron la legalidad constitucional. Fuimos los revolucionarios
los que asumimos la defensa de la legalidad violada por el golpe de Estado y
este principio de respeto a la ley se ha mantenido vivo en estas más de cinco
décadas, pues tiene, además, una enorme tradición en nuestro país desde los
tiempos de la Demajagua y Guáimaro.
Nuestra tradición jurídica y ética viene de una historia llena de complejidades y contradicciones, nacida en los tiempos
gloriosos de la Asamblea de Guáimaro, en 1869, que estuvo presente en el proceso
forjador de la guerra necesaria y de la fundación del Partido Revolucionario
Cubano de Martí —quien, como es sabido, con Gómez y Maceo integra el núcleo
central de nuestra gesta libertaria del siglo xix.
La cuestión jurídica estuvo presente, también, en la tragedia de 1898, cuando un poder extraño e
intruso se introdujo en nuestra guerra liberadora e impuso la Enmienda Platt
como un apéndice a la Constitución de 1901.
Los dos momentos de ascenso revolucionario durante la república neocolonial, el de los finales de la década
del veinte y principios del treinta, y el de los años cincuenta, están muy
relacionados con la violación flagrante y escandalosa de la ley por regímenes
despóticos.
En Cuba, entre 1902 y 1959, hubo gobiernos corrompidos y todos ellos, desde luego, se movían dentro del marco de violaciones a la ley y de
entrega a los intereses estadounidenses, y de la corrupción y el crimen. Pero
hubo, en especial, dos regímenes políticos abierta y cínicamente ilegales: los
de Machado y Batista; y ambos acabaron generando una revolución social.
Los dos grandes momentos revolucionarios de los primeros sesenta años de la Cuba del
siglo xx, estuvieron fundamentados por la lucha en favor de la legalidad. Por
ello, nadie puede venir a darle lecciones al pueblo cubano en ese tema, pues
contamos con una larga vocación jurídica. El derecho en Cuba ha sido siempre
bandera de los revolucionarios y han sido invariablemente los enemigos de la
Revolución quienes han apelado a la ilegalidad.
Una vez, recordaba en la Asamblea Nacional cómo el primer elemento movilizador de la conciencia popular a
partir del 10 de marzo de 1952 estuvo referido a la defensa que hicimos de la
Constitución de 1940 —derrocada violentamente por el golpe de Estado. Señalaba
igualmente cómo uno de los primeros actos de Fidel contra el cuartelazo, fue
denunciar ante los tribunales a los violadores del orden jurídico e, incluso,
solicitar las sanciones penales que les correspondían de acuerdo con las leyes
vigentes. Obviamente, esto no iba a tener consecuencias legales, pero sí
resultaba de gran interés y repercusión política y moral.
Denunciar el crimen y la ilegalidad se convirtió en uno de nuestros puntos de partida en la
lucha que desarrolló la Generación del Centenario. Los estudiantes, en especial
la Federación Estudiantil Universitaria, iniciaron un amplio movimiento de
protesta ciudadana exhortando al pueblo a jurar públicamente la Constitución
ultrajada. En 1953, Fidel y los moncadistas proclamaron los principios jurídicos
de la nación y denunciaron a quienes quebrantaban el sistema legal vigente.
La historia me absolverá contiene elementos substanciales de esta cultura
jurídica.
Así comenzó la lucha contra la tiranía; luego la Revolución rebasó el marco de la constitución cercenada, pero ella ha constituido siempre una de
nuestras más sagradas memorias porque expresa el pensamiento político cubano de
la década del cuarenta, logrado por consenso público y formalizado por la
Asamblea Constituyente de aquel año —en la que estuvo presente una destacada
representación de los comunistas y de las fuerzas revolucionarias provenientes
de la lucha contra Machado.
Se ha dicho, con razón, que la Carta Magna de 1940, representaba el equilibrio entre dos impotencias: la de los reaccionarios,
quienes no pudieron dejar plasmada en ella la defensa a ultranza de sus
intereses, y la de los revolucionarios, quienes tampoco pudieron hacerlo.
El sistema político dominante en el país era, sin embargo, impotente para
cumplimentar las medidas esenciales contenidas en la Constitución de la
República. Para citar una de ellas, que resulta clave: se disponía por el
legislador constituyente la abolición del latifundio y que la ley determinaría
la forma de hacerlo. Esto, desde luego, no pudo realizarse por las aludidas
razones y nunca se dictaron las leyes complementarias para tales fines. Fue solo
la Revolución la que logró hacerlo. La vida demostró que el obstáculo del
latifundio en manos de los grandes consorcios estadounidenses nos obligaba a
chocar concretamente con el imperialismo.
Para los que suelen decir que el proceso revolucionario engendrado por nuestra generación podía haber derivado
por un camino distinto al que, en definitiva, tomó, les recordamos que la
abolición del latifundio era una medida esencial de la Revolución que
gestábamos, y tal demanda estaba respaldada por la legalidad constitucional.

La ruptura del orden jurídico generó la Revolución; a este hecho hay que extraerle todas sus consecuencias. Creo que es el tema central para los que
estudien o profesen en las facultades de derecho. Lo es, también, para las
ciencias políticas y tiene importancia decisiva para todas las carreras de
humanidades. Esto nos permite ayudar a entender el papel de lo jurídico en la
historia de las civilizaciones; en especial, en la de Cuba,
Mucho se ha hablado de ideología y de política. Pienso que para hacerlo con rigor y seriedad
hay que partir de dos temas claves que están perfectamente interrelacionados: la
cultura ética y la cultura jurídica. Ambos componentes están en la sustancia más
profunda de la historia de la Revolución Cubana. Pero esto es así porque desde
el Moncada se relacionaron las cuestiones morales con las necesidades y
aspiraciones sociales de las masas trabajadoras.
En el contexto político en que se forjó la Generación del Centenario, como señalamos, tenemos que exaltar
que aquella lucha comenzó defendiendo la cultura jurídica y el sistema de
derecho que se había dado el país en los años que fueron desde 1940 a 1952. Hoy,
cuando defendemos el régimen jurídico creado por la Revolución, estamos hablando
de una de las claves maestras de la cultura política y social de nuestra nación.
El derecho vive y se desarrolla en la Revolución y, por esto, velar por su
funcionamiento eficaz responde a una tradición espiritual cubana y es uno de los
primeros deberes revolucionarios.
Lo que hemos expresado en relación con la cultura en general —en el sentido de que solo puede ser asumida cabalmente en la
historia de Cuba en función de los intereses de los pobres y explotados— es
válido en relación con los principios cardinales de la cultura ética y jurídica
cubana.
En Cuba, la historia de la juridicidad va íntimamente relacionada a la política cubana y a los esfuerzos de nuestro pueblo en favor de la unidad. No
hay suceso político importante que, de una forma u otra, no tenga que ver con lo
jurídico y con lo ético. Es la defensa de los valores éticos y jurídicos
presentes en la historia nacional el camino práctico para defender la Revolución
y consolidar y desarrollar históricamente la unidad de nuestro pueblo.

Siempre fue levantada por los reaccionarios la divisa divide y vencerás, presente en la esencia del hacer político desde Roma hasta la
Norteamérica de hoy. En Martí y en Fidel existe otra, bien distinta, la de
unir para vencer.
Si a esto le agregamos la vocación y proyección latinoamericana y universal, que está viva, especialmente desde los tiempos de
Martí, entenderemos bien que Cuba, no solo es crucero del mundo en la geografía,
sino en la historia de las ideas de Occidente.
En fin, en Cuba sucedió a la inversa de otros países; las ideas socialistas se insertaron en la historia del
pensamiento nacional e integraron una identidad que hay que respetar. Llegamos
al socialismo por vías originales, salvando obstáculos que muchos consideraban
insuperables, y llegamos para no regresar jamás al pasado. Fue la Revolución
triunfante la que representó la diversidad y la identidad vivas en la cubanía.
Fue en medio de esas circunstancias que asumí el socialismo como la causa de mi
vida, y el valor de esta experiencia personal está en que muchos otros
compañeros del Movimiento 26 de Julio recorrieron un camino parecido al mío.

La sabia conducción de Fidel contribuyó decisivamente a forjar la unidad de nuestro pueblo dentro de la rica diversidad que expresa la Revolución Cubana. El
estudio de los procesos políticos y sociales que tuvieron lugar en la Cuba
neocolonial permitirá asimismo comprender cómo surgieron y se fortalecieron en
nuestra generación las ideas socialistas y qué obstáculos tuvieron que enfrentar
en un mundo que —como dijo Fidel en ocasión del cincuenta aniversario de su
ingreso a la Universidad de La Habana: “nosotros no lo escogimos”. Un mayor
conocimiento de los orígenes de la Generación del Centenario podrá servir, en
los tiempos que vivimos, para una comprensión superior de los auténticos
orígenes y tradición de la Revolución Cubana. Quienes no conozcan esta historia
y no extraigan, por consiguiente, consecuencias de la misma no podrán entend er
a Cuba jamás.
En el proceso forjador de nuestra Revolución no quedó en pie ninguna autoridad institucional que tuviera influencia en la sociedad civil
cubana de la república neocolonial. El proceso de mediación que intentó hacer,
en 1955, la llamada Sociedad de Amigos de la República —al frente de la cual
estaba el veterano de la Guerra de Independencia de Cuba, Cosme de la Torriente—
ilustra a las claras el fracaso del intento de los sectores burgueses y de los
partidos de la oposición de buscar una salida pacífica a la crisis generada por
el golpe de Estado de Batista.
El pluripartidismo de la república neocolonial tenía ligado su destino al de la tiranía y esta dependía de los
grandes monopolios extranjeros. Era un régimen militarista compuesto por la
escoria de la población, ignorantes y asesinos, quienes representaban los
intereses del imperio.
Al triunfo de la Revolución, la única autoridad política y espiritual para representar los ideales de la patria y de la nación
estaba en las organizaciones que se habían opuesto consecuentemente a la
dictadura y, en especial, el Ejército Rebelde y el Movimiento 26 de Julio,
liderados por Fidel.
Solo quienes tomaron las ideas revolucionarias y antimperialistas como propias pudieron representar a la nación, que asumió la
tradición de 1868, de 1895, de 1925, de 1930 y de 1933 para coronar la victoria
del pensamiento de José Martí en 1959; y lo hicimos sobre los escombros del
viejo orden.
En la médula de nuestras aspiraciones de hace cuarenta y cinco años estaban, entre otras, las ideas más radicales y populares de la Revolución
Mexicana —iniciada a principios de siglo—; las ideas redentoras de los
independentistas puertorriqueños; las reformas de Córdoba; las batallas heroicas
de Sandino en Nicaragua; los combates de los republicanos españoles en los
finales de los años treinta; las batallas democráticas y antimperialistas de los
patriotas de América Latina contra las tiranías sostenidas por el imperio
yanqui; las denuncias contra la ocupación del istmo en el corazón de América, es
decir, del Canal de Panamá; y también, en destacado lugar, las ideas de la
revolución de Lenin. Sobre este fondo, se fueron tejiendo nuestras ideas
socialistas, a partir de la inmensa cultura universal que había ido llegando a
nuestro país, y de l os problemas y las tragedias reales que sufría nuestro
pueblo. Ellas nos permitieron entender mejor la historia de Cuba y extraerle
todas sus consecuencias.
Cuando asumí el Ministerio de Educación, en 1959, me sentí con el deber de representar y desarrollar el pensamiento político,
filosófico y social cubano y latinoamericano que tenía raíces en nuestro
glorioso siglo xix. Está todavía por divulgar en el mundo el pensamiento cubano
de aquella centuria, que poseía una escala superior a la de la España de su
tiempo y a la de los Estados Unidos de entonces, y se situaba en la cumbre más
alta de la cultura occidental.
Para preservar y enriquecer la vida espiritual de nuestra patria hay que fundamentarse en esa tradición
revolucionaria cubana. Léanse, en especial, los ensayos martianos sobre lo que
él llama ciencias del espíritu y hechos espirituales, y podrán nutrirse
de un sentido profundamente humanista y revolucionario acerca de los temas
definitorios del hombre.
En la génesis de nuestra Revolución, hay siete aspectos concluyentes que no presento como dogmas, sino como deducciones cuyo
análisis propongo:

Primero: La personalidad política de Fidel Castro, entonces en ascenso, que comenzó a influir cada vez con mayor fuerza en las más
diversas capas, clases y grupos sociales de la sociedad cubana en la década de
1950. Alcanzó esa significación porque supo recoger, sintetizar y recrear la
historia nacional cubana y sus valores esenciales en los últimos ciento
cincuenta años antes del Moncada, y desarrollar más ampliamente sobre esas
raíces en este último medio siglo.
Segundo: La lucha contra un gobierno espurio, que había quebrantado el orden legal establecido en la Constitución de
1940, una de las más avanzadas para su tiempo.
Tercero: El régimen de Fulgencio Batista, apoyado por los Estados Unidos, cometió los mayores crímenes
que se recuerdan en la historia de nuestro país. De igual forma, había cerrado
todas las posibilidades de resolver la crisis política por vías pacíficas.

Cuarto: El pueblo cubano tenía, y tiene, una tradición profundamente democrática y antimperialista, basada en el más importante pensador
revolucionario de América Latina: José Martí.
Quinto: En Cuba no existía una burguesía nacional con la fuerza social, política y cultural necesaria para
interpretar aquel momento histórico y levantar las banderas de las
reivindicaciones patrióticas de la nación cubana. La impotencia de las
direcciones políticas burguesas para encontrar una salida pacífica a la
situación creada con el golpe de Estado de 1952, confirma esta realidad. Se
hallaban agotadas todas las posibilidades políticas de las capas sociales de
burgueses forjadas por el imperialismo estadounidense en el siglo xx. Se impuso
la tradición patriótica, popular y antimperialista del siglo xix, retomada en el
asalto al Moncada y en La historia me absolverá.
Sexto: A partir de esta tradición, el 26 de Julio de 1953 comenzó un proceso que condujo
definitivamente a la articulación del pensamiento socialista con la tradición
cultural nacional sobre el fundamento del pensamiento de José Martí.

Séptimo: La insurrección popular se convirtió en una necesidad política insoslayable. Faltaba una vanguardia catalizadora del descontento y la
indignación general. Fidel Castro, con la acción del Moncada, gestó el
nacimiento de esa vanguardia; y con la guerra de guerrillas en la Sierra
Maestra, hizo posible que todas las fuerzas populares y oposicionistas giraran
alrededor del Movimiento 26 de Julio, así como una estrategia y táctica
encaminadas a la conquista del poder.
La Revolución formalizó en un sistema jurídico radical, democrático, los objetivos de transformación política, social
y económica que requería la nación cubana, en cuya cúspide se encuentra la
Constitución socialista. Debemos trabajar porque ese sistema funcione cada vez
con mayor eficacia y exigir se respete internacionalmente, porque solo sobre
este fundamento Cuba se puede acercar al mundo y el mundo se puede acercar a
Cuba. No hay otra forma de buscar una relación con Cuba que a través de los
principios jurídicos contenidos en nuestra Carta Magna y a la cultura política,
ética, social y filosófica en que se fundamenta.
A partir de esta experiencia histórica, he venido insistiendo —en mis contactos con
interlocutores dentro y fuera de Cuba— en la idea que para materializar tan
elevadas aspiraciones es indispensable la acción política. Por muchos análisis
que hagamos en el infinito laberinto de las cifras y los datos económicos y de
las concepciones filosóficas y sociales más justas, solo se puede enfrentar
eficazmente estos desafíos con ideas políticas. En las décadas del cuarenta y
cincuenta, el movimiento de oposición a los regímenes corrompidos y tiránicos,
las fuerzas progresistas de nuestro país tomaron como banderas las siguientes:


● Libertad política.
● Independencia económica.
● Justicia social.
● Lucha contra la corrupción.
● Combate al crimen.
● Defensa del régimen de derechos para todos.

Estas ideas nos llevaron al socialismo de Marx, Engels y Lenin.
He ahí la cuestión, es imprescindible ensamblar el tema de la ética con las demandas económico-sociales; hay que
denunciar la corrupción y exigir la necesidad de transformaciones sociales. Por
esto, en mis memorias de los años cincuenta, señalo: “Para mí todo empezó como
una cuestión de carácter moral”.
Por eso, cada día tengo mayor satisfacción al recordar que la Generación del Centenario de Martí, la de Fidel, desde hace
más de medio siglo mantiene la cultura ética como tema central. Ahí está la
clave que hemos mencionado: cultura, ética, derecho y política solidaria.
En la articulación de estas categorías se halla la fórmula del amor triunfante y
del equilibrio del mundo postulada por el Maestro. Es necesario precisar lo que
entendemos por cada una de ellas:

Cultura: cuya categoría primigenia y superior es la justicia.
Ética: “la justicia es el sol del mundo moral”, a decir del maestro Luz y Caballero.
Derecho: su primera categoría es, precisamente, la justicia.
Política solidaria: en el sentido más universal y abarcador del término.

Para una interpretación acertada de estos valores debemos partir del principio martiano
“Con todos y para el bien de todos”, y, para relacionarnos con el mundo, este
otro luminoso pensamiento suyo: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero
el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. En cuanto a lo jurídico,
recordemos que Martí postuló que hasta el derecho aplicado sin cultura se parece
al crimen. Es a partir de estos principios que encontraremos el Eje del Bien que
tanto necesita la humanidad.
En estas cuatro categorías encontraremos aportes del pensamiento martiano y latinoamericano, esenciales al pensamiento
filosófico y político que necesita el siglo xxi, para alcanzar el equilibrio
capaz de garantizar la supervivencia humana. Comencemos por ellas para cualquier
debate cultural sobre los grandes temas de nuestro tiempo. La grandeza del
Apóstol estuvo en que era un hombre radical y, a la vez, buscaba la armonía y el
amor. Se puede ser radical —como muchos se proclaman— y no buscar la armonía; se
puede procurar una determinada armonía y no ser radical. Para una acción
política eficaz, resulta imprescindible conjugar ambos aspectos. Martí era
radical y promovía la armonía.
Ahí está la esencia de un trabajo que la Sociedad Cultural y los Programas Martianos aspiran a realizar con la juventud
como parte de la Batalla de Ideas a que nos ha convocado Fidel y que viene
promoviendo con su generosa pasión e inteligencia.
Jóvenes:
Nos ponemos a las órdenes de ustedes para una colaboración provechosa a partir de nuestra
modesta experiencia en el terreno de la política y la cultura, en función de
establecer un diálogo constructivo de las generaciones mayores con las más
jóvenes, con la generación que ustedes representan, la que vivirá bien entrado
el siglo xxi.

2.- NOTICIERO DEL ACONTECER DE LA ALTERNATIVA MARTIANA PARA NUESTRA AMÉRICA (ALMA)

Continua desarrollándose en Cuba y en otros países talleres y encuentro con vista a la elaboración de la Plataforma
Histórico-Cultural que sustente el proceso de integración que lleva a cabo el
ALBA, documento de gran importancia teórica que será debatido en la Segunda
conferenciadle ALMA en noviembre próximo en la ciudad de Caracas. En este
periodo se efectuaron los siguientes encuentros:

CIUDAD DE LA HABANA.
El 3 de Septiembre se efectuó un Taller presidido por el Dr. Armando
Hart Dávalos con la participación de destacados pensadores y especialistas del
Centro de Estudios Martianos, la Universidad de la Habana, el Centro de Estudios
Hemisféricos y de EE.UU, el Centro de Estudios de la Economía Mundial, la
Asociación de Economistas de Cuba, la Asociación de Juristas de Cuba, la
Cancillería Cubana, una representación de la Secretaria permanente del ALBA y
Diputados venezolanos del Grupo Parlamentario del PARLATINO quienes viajaron
expresamente con el objetivo de mantener el intercambio de opiniones. Este
documento, circulado en el Boletín No.30 HONRAR HONRA, se ha enriquecido
con las opiniones y sugerencias recibidas lo que permitirá poder presentar una
propuesta con un alto grado de consenso a la Segunda Conferencia Internacional
del ALMA en Caracas.

Después de un rico intercambio de opiniones durante la cual analizaron y debatieron los diferentes capítulos del documento, se
presentaron muchas sugerencias que permite enriquecer aun más el proyecto el
cual, cuando concluya esta fase de elaboración, será circulado en un próximo
Boletín HONRAR HONRA

MÉXICO (DF, MONTERREY Y SALTILLO)

En estas tres ciudades se efectuaron nuevos talleres, todos ellos de gran
importancia y trascendencia con la asistencia de académicos, profesores y
dirigentes políticos y sociales representantes de diversas corrientes de
pensamientos y filiación política.


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