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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

BATIDO DE CHOCOLATE y otros cuentos de sabor amargo

Batido de chocolate es uno de mis cuentos más conocidos y traducidos (inglés, francés, italiano, portugués, alemán), y es el relato que da título a mi próximo libro de cuentos, que saldrá publicado en los próximos meses en España, con la editorial Palabras del Candil y en Cuba, por Letras Cubanas. Un cuento con un trasfondo histórico, basado en hecho reales, y que marca el tono realista y social de todo el libro, formado además por otros 6 cuentos: "Testigo de Yolanda", una historia de sexo y religión; "Svetlana", una historia de guerra y amores prohibidos; "Hasta el fin de los tiempos", una historia de amor, de guerra y sexo; "Marquetti", otra historia de guerra, con el barrio y la familia de fondo; "Incompatibles: 1994", una alegoría a la Cuba más profunda en su etapa más gris (el Período especial); y "El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo", otra cuento con trasfondo histórico, sobre una de las páginas menos conocidas de la historia reciente de Cuba: la operación Peter Pan.

Aprovecho para publicar y compartir aquí un fragmento del primer cuento del libro, y espero que lo disfruten.

 

BATIDO DE CHOCOLATE

 

 

1

 

 

El hombre que iba a ser envenenado se descubrió una cana ante el espejo, su primera cana, y estuvo casi cinco minutos acariciándola, dudando si arrancársela o si dejarla florecer en la maraña de su barba. Conocía el mito popular de que una cana que se arranca atrae más canas, y no creía muy oportuna su imagen de político joven y barbicano. El hombre que iba a ser envenenado jugueteó con la cana, la alisó, la estiró, la escondió entre los pelos negros que la rodeaban, y observó su rostro desde distintos ángulos. El espejo también lo observaba. Primero, con sus propios ojos mutuos, escudriñadores; después, con todo el vidrio, indiferente; más tarde, con el azogue, con el marco, con los pequeños focos que custodiaban sus biseles. El espejo y el hombre que iba a ser envenenado se conocían mucho; tal vez por eso el espejo supo, antes que él, el destino de su primera cana. Lo supo antes, incluso, que los pelos negros y ensortijados que la rodeaban. Cuando el hombre que iba a ser envenenado se caló la gorra, dio dos pasos hacia atrás, y sonrió seguro de la decisión tomada, ya el espejo sabía que aquella cana atraería a otras.

 

2

 

El vaso en el que iba a ser envenenado el hombre de la cana recién descubierta era un vaso común, de cristal transparente y cuerpo alto, uno de ésos que los camareros llaman vasos de catorce onzas. Si algo lo distinguía eran ciertas aristas que interrumpían su perfecta cilindrez, finos bordes para que el líquido fragmentara su circularidad, o el bebedor creyera más seguro el agarre. Pero esto, pensándolo bien, no lo hacía exclusivo. Al menos once vasos más tenían esas mismas aristas, estaban hechos del mismo cristal y compartían las mismas estaciones, los mismos anaqueles, las mismas mesas, los mismos portavasos, el mismo mostrador, las mismas pilas de agua, las mismas manos del mismo camarero. Por lo tanto, once vasos más podían ser protagonistas del envenenamiento. Esto creaba cierta tensión en la cafetería. El hombre que iba a ser envenenado podía entrar en cualquier momento, de cualquier día, y sería una verdadera tómbola la selección del vaso. O no, ni siquiera habría selección. El azar decidiría qué vaso sería el depositario de la pócima letal, es decir, el protagonista de esta historia. Entonces, este vaso sólo podía hacer como los otros entes implicados en el envenenamiento: esperar. Si algo le daba confianza era pensar en que las últimas dos veces que el hombre que iba a ser envenenado había estado en la cafetería, había sido en él, y no en otro, el vaso en el que Santos había servido su bebida predilecta. Él, y no otro, conoció antes que nadie cómo el hombre que iba a ser envenenado paladeaba la perfecta mezcla de cacao y leche, cómo la saboreaba, con la respiración agitada y la vista fija por encima del borde superior untado de espuma. También había sido él, y no otro, quien descubriera la primera cana en la barba del hombre que iba a ser envenenado. Había sido él, y no otro. Así que esta vez, la próxima vez, la definitiva, también debería serlo.

 

 

3

 

El lugar donde iba a ser envenenado el hombre amante del batido de chocolate era la cafetería de un hotel habanero, pero no de un hotelucho de los tantos que iluminaban las míticas noches de La Habana en los años 50; ni tampoco uno de sus vetustos hoteles coloniales; sino un hotel moderno, un imponente rascacielos inaugurado por Batista a finales del 58, última adquisición de la cadena Hilton, esta vez en el mismo corazón de La Habana, que era entonces, no lo olvidemos, el corazón de Todo. El hotel donde iba a ser envenenado el hombre de la cana recién descubierta había transformado, con su sola presencia de hormigón y grandes ventanales, la visión tradicional de La Habana. Su altura e imponencia habían empequeñecido para siempre todo cuanto estaba en sus alrededores: diminutos se veían los árboles y muros del antiguo hospital Reina Mercedes, devenido en Cabaret Nocturnal devenido en el célebre Coppelia; diminutas las viviendas de estilo colonial; diminutos los palacetes de la burguesía; diminutos los edificios de apartamentos; diminuto Radiocentro; minúsculas las guaguas que subían y bajaban por 23 y por L; ridículos los taxis; microscópicos los transeúntes de La Rampa, miles de hormigas bípedas pegadas a un radio portátil de tamaño variable, los hombres para seguir la Serie Nacional de Pelota, las mujeres para escuchar el último éxito de Tito Gómez con la Riverside, o de Meme Solís; algunos sin mayor distracción que contemplar precisamente ese nuevo edificio, y contar sus pisos, y admirar sus murales, muchos imaginándose allá adentro, en el Casino o en la cafetería, bebiendo Hatuey o Coca-Cola, o, por qué no, paladeando un batido de chocolate preparado por Santos, mezcla perfecta de cacao brasileño y leche embotellada, tal vez usando el mismo vaso que usaría el hombre que iba a ser envenenado.

 

4

 

La leche que iba a ser usada en el batido del envenenamiento había llegado esa misma mañana a la cafetería del hotel en un camión-cisterna refrigerado, y había sido almacenada en un tanque también refrigerado. Hay que ver cómo cambian las costumbres y cómo condicionan las relaciones del hombre con sus productos básicos. En La Habana de la primera década del siglo XX, por ejemplo, todavía las vacas se paseaban con sus cencerros y sus mugidos mañaneros por las principales calles, dejando sus cagadas entre charcos malolientes a queroseno y lluvia vieja, y sus patas marcadas en el fango y en el alquitrán, entre las marcas de las líneas de los tranvías y los tacones de los transeúntes. Pero más que las bostas mosqueadas y mosqueantes de las reses, los habaneros sabían que aquel mugido tempranero y el tintineo del cencerro anunciaban la llegada de la leche. Entonces, con sedienta puntualidad de padres de familia, todos abrían puertas y ventanas, cancelas y verjas, para poner bajo las ubres sus cantinas, disfrutando aquel sonido del chorro blanco sobre el fondo metálico, linda la espuma de la leche desbordándose. Pero claro, en las décadas siguientes La Habana cambió mucho, muy rápido, la ciudad creció hacia todas partes (especialmente hacia arriba) y se explayó de forma incontrolable. Ya en los años 50 cada vez menos tranvías atravesaban la ciudad, el alquitrán se había endurecido en las calles y apareció el macadam en las grandes avenidas. Ya para entonces las vacas no mugían en las puertas de las casas, ni las carretas cargadas de caña atravesaban el corazón de la gran urbe abasteciendo guaraperas en casi todas las esquinas; ya para entonces estaban terminados el Capitolio Nacional, la Plaza Cívica, el Hotel Habana Hilton; ésta era otra Habana, una ciudad llena de gánsteres y proxenetas, de putas y soldados, de turistas norteamericanos y negros boxeadores, de jornaleros ataviados con guámparas afiladas y abolladas cantimploras, y magnates del juego y del azúcar, remanentes de la sacarocracia colonial, ahora agringados, con palacetes vedadenses y con hijos que estudiaban en las hight schools, ingenuos aspirantes a ingresar en la Ruston Academy. Sí, La Habana era otra, una ciudad marcada por las guerras electorales y las componendas, una ciudad donde las vacas se volvieron símbolos de la bonanza o la desgracia de la zafra azucarera. En los periódicos aparecían caricaturas de vacas famélicas entre los titulares más sensacionalistas, de modo que las ubres ya no traían leche, estaban secas, parecían sacadas de Mathausen. Los habaneros tuvieron que adaptarse al silencio de las seis de la mañana en sus estrechas calles. Ningún mugido, ninguna cencerrada, mucho menos las bostas en los trillos y las aceras ahuecadas; mucho menos el canto de la leche cayendo como un disparo continuo en el fondo de la cantina familiar. Ahora la leche venía embotellada. Era el progreso. Nadie veía la teta de la vaca, rebosante, vaciándose. Ahora cuando los niños abrían los ojos, ya los padres les tenían le leche puesta sobre la mesa; y los padres abrían los ojos y ya el lechero les tenía los litros llenos de leche sobre los mostradores. Ahora las vacas no existían. La leche era un producto aparte, independiente. Daba lo mismo que fuera para la toma de un recién nacido, para la dieta de un enfermo, que para la clientela de un hotel de lujo. La leche llegaba a los hoteles en grandes cisternas refrigeradas y se vaciaba en grandes tanques también refrigerados. De ahí pasaba a servirse como desayuno, con café, o con cacao; o sola, como bebida refrescante; o en forma de batido, con distintos sabores: de frutas tropicales, de fresa, de vainilla, de mantecado, de chocolate..., aunque éste último era, sin duda, el sabor estrella, el preferido por niños y adultos, mujeres y hombres, turistas y nativos, pobres y ricos, blancos y negros, políticos y peatones; la leche y el chocolate se independizaron de la vaca y de las plantaciones de cacao; la leche y el chocolate se mezclaron y solazaron, se confundieron hasta la perfección, mestizaje de texturas y sabores y olores, delicia incomparable. Santos lo sabía. Y el hombre que iba a ser envenenado también lo sabía. La Agencia Central de Inteligencia lo sabía. Y Polita Grau. Y Mongo Grau. Y Manolo Campanioni. Y cada uno de los doce vasos de catorce onzas y aristas casi imperceptibles. Sólo lo ignoraban los cubitos de hielo, porque el hielo que sería parte del batido fatídico aquella noche de marzo de 1963, aún no era hielo, sino agua, sólo agua (y el agua no piensa, como todos sabemos).

 

5

 

El chocolate que iba a ser usado para matar al hombre de la cana recién descubierta era uno de los pocos productos que seguían llegando por vía marítima al puerto de La Habana. Atrás había quedado aquella época de grandes flotas en las dársenas del Norte, cuando miles de habaneros se recostaban al muro del malecón para mirar el espectáculo de los atraques, y los niños corrían detrás de los marinos —ingenua remanencia de La Habana asediada por corsarios y piratas holandeses e ingleses—, policroma hueste de navegantes griegos, españoles o norteamericanos que nada más desembarcar se perdían en el barrio de las putas para cambiar su agrio sabor a arenque y aguardiente por el aroma del carmín barato y el sudor lascivo, dejando sobre las pieles de las criollas restos de rabia y de lujuria, toda la contención de meses de onanismo. Eran hombres recios, carne de lupanar, hombres que no entendían de política ni de revoluciones. No comprendieron nunca por qué, de pronto, se les privaba de andar por La Habana, de apostar en sus casinos y desfogar en sus burdeles. No entendían quiénes eran esos barbudos que asustaban tanto a los jefes de las grandes navieras y mucho menos quiénes eran los gringos para decidir que al puerto de Veracruz sí, y al de Maracaibo sí, y al de Cartagena de Indias sí, como en la época colonial, pero que ahora estaba terminantemente prohibido que sus proas traspasaran el Morro de La Habana, prohibido, requeteprohibido, que ni se les ocurra, dejándolos a muchos de ellos con las lenguas sarazas y las ingles tensas, incluyendo a aquellos marines que no habían podido despedirse de su última adquisición criolla. Nada, se acabó. Prohibido vaciar las mercancías en aquellas dársenas; prohibido pisar tierra. Cero mulatas, cero rumba, cero Habanos, cero ron, cero todo; porque La Habana sufre una epidemia de barbudos más peligrosa que el cólera y que las pestes europeas, una epidemia que afecta no sólo a las personas, sino a los edificios, a las compañías, a las industrias, a las emisoras radiofónicas y televisivas, lo nunca visto, las peores epidemias que han azotado a la humanidad afectaban a los seres vivos, sólo a ellos, pero ésta no, ésta afecta paredes, papeles, ventanas, bolsas de dinero, matasellos, cables del tendido eléctrico, medios de transporte, todo está contaminado, se mueren los contratos, se mueren las jornadas laborales, se mueren los arrendamientos, las leyes, es un caos total, una catástrofe, y explicado así, tan clarito, los marineros se tranquilizan, asienten con desgano, que a ellos les gusta mucho la diversión, sí, pero no para tanto, son marinos, no mártires, así que si La Habana se halla en cuarentena lo mejor es que sigamos masturbándonos, que juguemos al póker y al dominó y al cubilete entre nosotros mismos, en cubierta o en los camarotes.

—Ya llegaremos a puertos más seguros.

—Sí, sí, esto pasará.

—Si los americanos han tomado cartas en el asunto, con los avances que ha tenido la ciencia en los últimos años, no hay epidemia que sobreviva mucho tiempo.

Los marineros se regodeaban en sus recuerdos de años anteriores: ah, el verano del 56, ah, la primavera del 57. Es verdad que ya entonces se oían rumores de esa epidemia de barbudos en las lomas de Oriente, sí, pero hasta los bayús del Barrio Chino no llegaban, y a los casinos del Habana Riviera y del hotel Capri tampoco, y si llegaban se disimulaban muy bien, había un argumento sólido y tranquilizador.

—Los climas tropicales son muy proclives a todo tipo de epidemias... no hay por qué preocuparse.

Pero claro, han pasado casi cinco años desde aquella Navidad del 58 en la que comenzó a extenderse la epidemia de barbudos por toda la isla, y tres años desde que los gringos declararon una cuarentena total, el aislamiento absoluto de la islita enferma. Han sido cinco largos años, todo un lustro sin beber Hatuey ni Arrechabala, sin fumar Partagás ni H. Upman. Es mucho. Para un marino inglés acostumbrado a estas playas impensables en otros parajes, es mucho. Para un marino griego, descendiente de Ulises, es mucho. Para los bisnietos de Vasco de Gama es mucho. Incluso para un marino brasileño, aunque en su país tenga igualmente playas exuberantes, mujeres comestibles, velas a Ochún, bailes sensuales, es mucho. Por eso hubo casi un motín a bordo del O Samba, y si no lo hubo físico, al menos lo hubo anímico, sobre todo en las bodegas, gran revuelta de marinos inconformes, capitaneada por un tal Sebastiao de Oliveira, un negro enorme, fuerte, que no aceptaba que esta descarga de chocolate en la dársena cuatro del puerto de La Habana fuera la última, porque el O Samba, según el Capitán, no volvería a atracar en ningún puerto cubano hasta que no pasara la epidemia. Sebastiao de Oliveira estaba descompuesto, se agarraba al güinche y gritaba que estaba a punto de encamarse con una guanabacoense indescriptible, esgrimiendo incluso argumentos como que el chocolate era rico en cafeína, fósforo, magnesio, vitamina E y taninos, y que, seguramente, su consumo sería muy eficaz para acabar con la epidemia. Pobre Sebastiao de Oliveira, quien, además, como era gago, pese a su corpulencia despertaba en los demás una mezcla de lástima y burla que abortaba el motín desde el inicio. Pero eso sí, en algo tenía razón, aunque él no lo supo. Sebastiao se volvió, sin quererlo, un vaticinador del uso del chocolate en el complot para matar al hombre que iba a ser envenenado. No sabemos todavía cómo se filtró la reflexión del negro Sebastiao hasta los oídos de Polita Grau, hasta las mentes del mafioso Jonh Roselli y los agente de la CÍA Williams Harvey y Robert Maheu; tal vez haya sido una simple coincidencia histórica, pero lo cierto es que la CIA, la mafia y los miembros de Rescate pensaron lo mismo que el enfadado marinero brasileño: que el chocolate podía acabar con la epidemia. Entre todos, a través de llamadas telefónicas y mensajes invisibles al estilo James Bond, añadieron a las propiedades de la cafeína y los taninos el efecto disimulador del chocolate, su capacidad para imponerse sobre los demás sabores en cualquier mezcla. En un batido de chocolate, por ejemplo, sería muy difícil descubrir el veneno, sobre todo si los miligramos necesarios eran mezclados y batidos por las manos elegantes de Santos de la Caridad, el eficaz Santito, uno de los mejores camareros de la cafetería del antiguo Habana Hilton. Estaba claro, decidido: era perfecto. El chocolate era la solución contra aquella epidemia de barbudos.

 

 

 

(El cuento CONTINUA...)

El Batido fatal...

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Comentario de ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA el abril 17, 2012 a las 3:34pm

Este cuento se publicó originalmente en la antología CICATRICES EN LA MEMORIA, editada en Cuba por la editorial San Luis y traducida y publicada en varios países, un conjunto de cuentos que denuncian la guerra sucia contra Cuba y las acciones de terrorismo que han amenazado la vida en la isla durante 50 años.

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