Desde niño, Heliodoro resultó ser un taurófilo empedernido. Pero su primera pasión fue el futbol; tanto que llegó a estar incluido en la plantilla del Atlético de Madrid, aún cuando practicaban en el aeródromo capitalino y les llamaban Aeródromo Madrid.
Allá en Castilla de León, en un punto ciego en la distancia llamado Los Tomillares, desarrolló la técnica de los goles con otros chavales, hijos de la pobreza.
Él fue afortunado en tener su propio balón, que ponía a disposición de los demás en los pocos ratos de ocio entre estudio, trabajo y encomiendas que ordenaban los padres.
Ya en Sierra de los Gredos, en compañía de dos amigos, fue admitido como aprendiz de torero, en una estancia donde se impartía la técnica del arte de lidiar los toros. Como no tenían con qué pagar, deberían atender entonces la limpieza de los establos y corrales, así como alimentar y cuidar de los animales.
Pocos días bastaron para que sus maestros notaran la sobresaliente labor de Heliodoro, quien autodidácticamente dominaba ya algunos artilugios de la técnica de la tauromaquia.
En las madrugadas frías se le podía encontrar ora dando un derechazo en pase de muleta, ora campeando un pase de capa en hermosa verónica, o rematando un pase de pecho. Todas estas acciones, en seco, se mejoraron con el tiempo y la sabiduría de los maestros.
En especial, sus dos amigos se entusiasmaban mucho al verlo torear durante el período de prácticas, arrebatando gritos de ¡Olé! en cada faena.
A poco más de un mes en la escuela, apareció un señor que aunque joven como Heliodoro, tenía la diferencia que define al rico del pobre.
Este caminó hasta la pequeña Plaza donde los aprendices hacían demostraciones de talento y coraje para las evaluaciones pertinentes.
El dueño del lugar avanzó solícito para saludar al recién llegado, y acomodarlo en un espacio techado, en forma de grada, donde dos especialistas hacían algunas notas.
En ese instante toreaba Heliodoro, que ensimismado en el desarrollo de sus habilidades, no se percató de la llegada del visitante ni su ubicación en el espacio reservado a los jueces y evaluadores.
Casi la mayoría de los que estaban por los alrededores se acercaron a observar, constatando la movilidad, elegancia y porte del “Anarca”, como comenzaron a llamarlo por algunos puntos de vista ganados a fuerza de conocimientos mundanos y de la Universidad de la calle con que había cautivado a los jóvenes condiscípulos.
Terminada su actuación, los interminables aplausos fueron la mejor calificación para el magnífico desempeño de Heliodoro, quien después del arrastre del toro fue llamado a la plataforma, donde recibió la felicitación del dueño, y una esquela que a su nombre dejó el invitado rico, cuyas múltiples ocupaciones no le permitieron conocerlo personalmente. Otra parte de la nota tenía una invitación para que apoyara con su participación a una función especial en la Plaza principal de toros madrileña, cuyos fondos se repartiría a damnificados de la guerra.
Como faltaban dos meses para la cita, Heliodoro podría perfeccionar su actuación y tratándose de una buena causa, el futuro visitante de la Capital, devenido torero oficial, accedió de inmediato.
Llegó el día esperado para su primera demostración en público.
El torero de estreno había trabajado duro cada madrugada y tarde, por eso obtuvo el apoyo de todos los que lo conocían; incluso recibió como regalo un traje de torero color carmelita…su primer traje que guardó con celo hasta que se retiró de las corridas.
Al penetrar en el vetusto edificio de la Plaza de Toros madrileña, le llamó la atención ver su nombre en el anuncio de los toreros y otros participantes del evento. Una adición a su nombre en la nota lo entusiasmó más, pues lo habían bautizado como “Heliodoro el anarca”.
Complacido, avanzó a los camerinos para prepararse y esperar la llamada para presentarse todos ante el público.
No cabía en su pecho la alegría de estar en lo que fueron los predios de Manolete, Dominguín, Ordóñez y otras glorias de la tauromaquia.
Un mozo le pidió que saliera a unirse al sequito que formaría parte del paseíllo de presentación. Luego de efectuado este, regresó a su camerino.
Tranquilamente se sucedieron las primeras lidias, hasta que escuchó por el altavoz su nombre. De nuevo un mozo vino a por él, acompañándolo hasta la entrada oficial a la arena. Avanzó decidido a darlo todo, y se mantuvo silencioso mientras duraba la ejecución del tercio de varas perfectamente realizado por el binomio jinete-caballo. Justo en ese momento advirtió la mirada de una joven trigueña que le sonrió al saberse descubierta. La joven bajó su mirada, y el rubor mantuvo el sonrojo en las mejillas. A ella dedicó la faena lanzándole su montera con que cubría parte del cabello.
Satisfecho, Heliodoro pasó a la arena donde ya se efectuaba el tercio de banderillas. De pronto, salidos de no sabe dónde, llegó a galope un grupo de jinetes ajenos a la corrida, que a lanzazos y porrazos obligaban al toro a buscar la salida, mientras éste, desafiante, embestía con furiosa mirada. Las banderillas sanguinolentas le producían gran dolor y le hacían perder fuerzas.
El público estupefacto se puso de pie, y el propio Heliodoro parecía petrificado. La joven a quien dedicó el espectáculo cubría su boca con la montera estrujada por el pánico, sin apartar la mirada del torero.
Desde los altavoces se escuchó un chirrido, seguido de unos golpecillos. De inmediato una voz dijo: —“Heliodoro…, esta es mi venganza por no dejarme jugar con tu balón en Los Tomillares. Soy Luís, ahora Don Luís, el dueño de una gran parte de esta Plaza… ¡Nada hay mejor que un día tras otro! Hoy cumplí mi promesa de hacerte pasar por la vergüenza de no poder demostrar tu valía, como pasó conmigo cuando invité a mi novia a que me viera jugar... Pero me cerraste el paso, sólo porque el balón era tuyo. Perdí a mi novia y juré venganza. A partir de hoy me sentiré como un hombre nuevo…”
El silencio cubrió la Plaza, y uno de los jóvenes amigos con quienes llegó a la escuela de toreo, corrió hacia Heliodoro con un micrófono de largo cable, invitándolo a decir algo.
Sonrió El anarca, y luego de abrazar a quien le trajo el aparato, hizo una reverencia antes de comenzar su improvisado parlamento.
—“Luís…, o mejor Don Luís… De joven traidor, y ahora, además, canalla y cobarde. Tú sabías que a quien hoy llamaste “novia”, nunca te perteneció, porque era la chica de quien fuera mi amigo, y tuyo también. Ahora comprendo todo. Él sufrió un extraño accidente que lo dejó inútil para toda la vida, y apareciste para sustituirlo cuando nadie pensaba en otra cosa que no fuera la salud del herido. Nunca estuve de acuerdo en que formaras parte de nuestro equipo porque tu egoísmo era perjudicial, ya que solo te interesaban los méritos personales y no te importaba el éxito conjunto. Pensaste siempre que el dinero lo compraba todo, pero ya ves, al amor solo lo alcanza otro amor, y esa fue la perdición que te llevó a incurrir en traiciones y otras bajezas, condenando a mi amigo y su novia de por vida. En efecto, retiré mi balón cuando la presión del momento lo indicó, pues preferí no jugar a dar paso a tus pretensiones. Hoy publicaste en vivo tu crimen. Además, sin balón te diste por vencido hasta cumplir tu absurda venganza. Empero, yo sí puedo torear sin toros —terminó así Heliodoro, devolviendo el micrófono y solicitando una capa.
Estirado en el centro de la Plaza, saludó a los presentes que se mantenían de pie aplaudiendo, y avanzó hacia un toro fantasma, al que le aplicó un derechazo lento, barriendo ligeramente el piso arenoso con la capa, sin desviar la vista de los cuernos invisibles. Luego le dio la espalda al tauro imaginario, mientras los asistentes del inusual desafío, deliraban entre aplausos y ¡oles! en cada movimiento de Heliodoro el anarca, quien ejecutó en seco bellos pases de pecho y otros artilugios de su taurina especialidad.
Otra sorpresa estremeció la Plaza que dejó perplejo al torero: sin previa coordinación, se dejó escuchar el sonido de la trompeta que indicaba la hora de la estocada y el descabello posterior. Todos estaban con los cabellos de punta.
Saliendo de su asombro inicial, Heliodoro ejecutó ambos ejercicios con extrema pureza y agilidad. Los gritos y aplausos dejaban la huella del éxito.
Para colmo de felicidad, los encargados del arrastre de la víctima hicieron su aparición, sacando virtualmente al difunto animal de la Plaza.
El anarca simbólicamente agradecía el otorgamiento del público de rabo y orejas, como colofón a su desempeño de la impecable faena. Aplaudía nerviosa toda la agraciada joven a quien se le dedicó la victoria.
Reporteros, camarógrafos y asistentes en general saborearon la apoteosis de tan insospechada respuesta al oscuro vengador que huyó despavorido ante la viril acción.
Todavía surcaban el aire los sombreros, y a la arena caían flores de variadas especies. No se sabe cómo, algunos fuegos artificiales disparados desde áreas cercanas, iluminaban la tarde-noche.
Nunca antes se vio agotada la prensa en las primeras horas de la mañana posterior a la corrida, a pesar de haberse triplicado la tirada de los libelos, donde se repetía una frase que pasó a la historia: —“Soy de los machos ibéricos que no piensan como viven, sino que viven como piensan”
El nombre de Heliodoro el anarca recorrió por años cada Plaza de Toros de la nación y sus antiguas colonias.
Toreros profesionales de gran valía aseguran que El anarca les ha servido de guía espiritual.
-FIN-
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