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Antonio Guiteras: un jacobino en el Caribe (1)/Guiteras y la memoria del socialismo cubano (II y final). Por Por Julio César Guanche

Este líder buscó la formación de un país independiente desde su política y economía

Antonio Guiteras: un jacobino en el Caribe (1)

Él fue uno de los ideólogos de la revolución que se suscitaría en 1959. Su vida estuvo marcada por la persecución de Fulgencio Batista. En Cuba el proyecto de Guiteras encarnaba una alternativa moderna al capitalismo liberal oligárquico.

Por Julio César Guanche, epecial para El Telégrafo

Según Raúl Roa, la revolución cubana de 1930 “produjo un líder jacobino, una figura presidencial y un figurín evadido de las páginas de Tirano Banderas”. Esas figuras son, respectivamente, Antonio Guiteras, Ramón Grau San Martín y Fulgencio Batista.

Fuera de Cuba, quizá el nombre más identificable hoy sea el de Batista, a cuya dictadura puso fin la revolución de 1959. Grau se dio un “baño de masas” con un triunfo electoral contundente en 1944, pero perdió esa relevancia incluso desde antes de 1959, por haberse lanzado, en medio de sus bromas perennes, al pozo sin fondo de la corrupción.

Guiteras no fue un gran líder estudiantil en su época, pues la necesidad económica familiar lo arrojó muy pronto al trabajo, pero ganó rápidamente gran prestigio nacional.

Con 27 años sería, en los hechos, el primer ministro del gobierno nacido de la revolución de 1933. Dos años después murió en desigual combate, tras persecución ordenada por Batista, que había puesto precio a su cabeza.

La estrategia revolucionaria seguida por Guiteras concibió los cauces para hacer una revolución en Cuba. Ese tipo de imaginación conseguiría, haciendo uso de la “vía” guiterista, alcanzar el triunfo en 1959.

Guiteras concibió la táctica de una expedición armada que, proveniente de México, desencadenase la lucha insurreccional, creyó en obtener la victoria mediante la lucha armada desde un territorio rural; planeó bombardear el cuartel Moncada, preparó el asalto al cuartel de Bayamo y, desde el punto de vista ideológico, elaboró el “nacionalismo revolucionario” que sería una plataforma decisiva para el triunfo de 1959.

Ahora bien, no es usual presentar a Guiteras como “jacobino”. La calificación de Roa es bastante excepcional. Sin embargo, es quizá a la que más se ajusta su biografía.

La necesidad de conseguir la soberanía nacional, la plena independencia política y económica, de hacer avanzar la “colonia superviva” en Cuba hasta el estatus de una nación y de estructurar un régimen estatal en beneficio de las grandes mayorías populares -todo lo cual llevó a Guiteras a definir al imperialismo norteamericano como el principal obstáculo por vencer para la solución de los problemas nacionales- colocaba al líder revolucionario en la senda del jacobinismo ya ensayado antes en América Latina en las experiencias, contextualmente diferentes, de los “jacobinos mestizos” (1814-1840), del Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia; y de los “jacobinos negros”, del Haití de Toussaint L’Ouverture, que declaró la independencia de ese país en 1804.

En Cuba el proyecto jacobino de Guiteras encarnaba una alternativa moderna al capitalismo liberal oligárquico. Después de la Revolución del 30, la rudimentaria dependencia cubana -típica de un protectorado- hacia Estados Unidos y la estructura oligárquica del Estado cubano desaparecieron dentro del repertorio de las opciones políticas, cobró cuerpo la orientación nacionalista de la economía, surgió la legislación social cubana y un nuevo actor, nacido de la gesta rebelde, adquirió estatus de permanencia: “lo popular”.

Para conseguirlo, el programa de Guiteras adhirió las tesis del ideal político jacobino: la doctrina de tomar el poder del Estado para desde allí realizar la tarea de la revolución social en beneficio del pueblo; la férrea exigencia de actuar “en nombre” del pueblo, sabiéndose su representante; la idea de la democracia como insurgencia a la política de las clases populares antes excluidas de ella; la fe cuasi devota en la virtud revolucionaria; el carácter insobornable del liderazgo y la perentoria necesidad de conseguir todo ello a través de métodos radicales, donde entra la idea de la lucha armada para conseguir el triunfo y de un programa político de corte intransigente.

Pero los jacobinos cargan sobre sí la leyenda del “Terror” sanguinario que marcaría a esa tradición desde Robespierre hasta Stalin. No puedo extenderme aquí sobre Robespierre. Solo sugiero leer a historiadoras como Florence Gauthier, para comprender mejor el sentido del jacobinismo “maximalista” que preconizó el abogado de Arras y cómo se formó la política del “Terror” y cuáles fueron sus bases sociales y sus actores.

Con todo, en el caso de Guiteras la cuestión va decididamente por otra parte: el ministro de gobernación, guerra y marina pagó los daños causados a la sede de la organización obrera comunista por la represión militar ordenada por Batista, aceptó buena parte de las demandas obreras en situaciones de huelga y liberó a obreros que habían sido detenidos a propósito de sus actividades políticas.

Una anécdota describe por entero a Guiteras. Cuando la crisis creada con la Compañía Cubana de Electricidad había dejado ya por tres días sin luz ni agua a La Habana, Antonio Guiteras (1906-1935) redactó a la luz de dos velas el decreto de intervención y ordenó su publicación en la Gaceta Oficial sin la firma del presidente.

De modo similar al jacobinismo francés de 1793, el socialismo de Guiteras quiso escribir con fuego sobre la ideología cubana que es el pueblo el llamado a ser protagonista de la política, el actor, hermoso y trágico, del régimen político de la soberanía.

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Fue asesinado en 1935 por las tropas de fulgencio batista

Guiteras y la memoria del socialismo cubano (II y final)

Hay quienes dicen que las ideas políticas de este personaje estaban más cercade la reforma que de la revuelta. Formó parte del llamado Gobierno de los Cien Días, el menos conocido de los procesos revolucionarios en Cuba.

Por Julio César Guanche/El Telégrafo.-

Probablemente, Antonio Guiteras (1906-1935) no goza del reconocimiento que le corresponde como una de las fuentes ideológicas del socialismo democrático en Cuba.

El proyecto de Guiteras debió enfrentarse en su hora a una sorda batalla sobre su legitimidad socialista y revolucionaria.

Todavía algunos sitúan su programa más cerca de la reforma que de la revolución, y más centrada en las ideas del antimperialismo que del socialismo.

Sin embargo, su programa político, desde el ‘Manifiesto al Pueblo de Cuba’ (1932), hasta el plasmado en el ‘Programa de Joven Cuba’ (1934), pasando por sus declaraciones mientras fue ministro del conocido como ‘Gobierno de los Cien Días’ (septiembre de 1933-enero de 1934), es de inequívoco perfil socialista.

Ese programa aseguraba: “Para que la ordenación orgánica de Cuba en Nación alcance estabilidad, precisa que el Estado Cubano se estructure conforme a los postulados del Socialismo. Mientras, Cuba estará abierta a la voracidad del imperialismo financiero”.

Asimismo, dicha plataforma se proponía organizar la escuela de forma exclusiva por el Estado, crear la Banca Nacional bajo control estatal, crear formas cooperativas de producción, nacionalizar o municipalizar los servicios públicos, estimular la pequeña industria y fomentar otras nuevas, socializar la producción de las fincas del Estado mediante un sistema de planificación, ejecutar la Reforma agraria, establecer la función social de la propiedad, ampliar los servicios de sanidad a los menesterosos y los no pudientes, abaratar sistemáticamente la vida, declarar la igualdad civil, económica y política de la mujer, garantizar la representación de las fuerzas productoras en el gobierno tanto nacional como municipal, decretar la amnistía para todos los sentenciados por cuestiones político-sociales u obreras, realizar el inventario jurado de lo que cada funcionario público poseyese al comenzar el servicio a su cargo, entre otros propósitos propios del socialismo.

La comprensión sobre la naturaleza de su ideario político tenía como trasfondo la pugna entre las corrientes del comunismo stalinista, del trotskismo, del socialismo y del anarcosindicalismo, tendencias actuantes en el campo político cubano en dicho lapso.

Al mismo tiempo, Guiteras se situaba dentro del contexto de la política del New Deal, de Roosevelt y de la pretensión soviética de sostener una relación distendida con los Estados Unidos, en las condiciones de obediencia que Stalin había fijado a los partidos comunistas a través de la III Internacional.

Dentro del espectro de las fuerzas revolucionarias, el Gobierno de los Cien Días fue defendido, entre otros, por el Partido Bolchevique Leninista (PBL) y Defensa Obrera Internacional (DOI), que eran de filiación trotskista, y por sectores que con esa inspiración cohabitaban dentro del Ala Izquierda Estudiantil (AIE) y de la Federación Obrera de La Habana (FOH), mientras que fue combatido con denuedo por la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y el (I) Partido Comunista de Cuba (PC), ambos bajo la imaginación del marxismo soviético.

El PC, subordinado al Buró del Caribe de la III Internacional, embarcada esta en la búsqueda de una relación con los Estados Unidos que al mismo tiempo prestara reconocimiento a la Unión Soviética, debía chocar con las ideas de Sandalio Junco, que había proclamado su propósito de rescatar al Partido del proletariado cubano de las “nocivas influencias stalinistas del tercer período”, así como, entre otros, con las de Marcos Villarreal (líder de la tendencia trotskista del Ala Izquierda Estudiantil).

Mientras Junco había llegado a la conclusión de que el régimen de Stalin era una “dictadura sobre el proletariado”, el PC aspiraba a la instauración en Cuba de un régimen análogo a una República Federativa Socialista Soviética.

El único estudio publicado en Cuba en las últimas décadas sobre el trotskismo cubano, de Rafael Soler, argumenta que esa tendencia no representaba un proyecto más acabado para Cuba que el enarbolado por el PC —y aclara cómo su línea también resultó sectaria en la fecha–, pero explica la correcta comprensión de aquel sobre la naturaleza del Gobierno de Guiteras y cómo supo leer con acierto la correlación de fuerzas existentes en Cuba, y las causas esenciales de sus problemas.

Ciertamente, el PC no podía apoyar al gobierno Grau-Guiteras que, al tiempo que promulgaba la legislación social, masacraba —de la mano entusiasta del Ejército dominado por Fulgencio Batista— manifestaciones obreras, y decretaba la sindicalización gubernamental y el arbitraje obligatorio del Estado, mientras excluía a los jóvenes extranjeros de la dirección de los sindicatos, a los obreros agrícolas de la jornada de ocho horas y hacía aumentar el salario a los trabajadores en un por ciento que el PC no consideraba como una “solución real”.

En esas condiciones, al Partido le resultaba imposible suscribir el programa de Guiteras, pero cometió un error grave: combatir a su gobierno, y a los “renegados Junco y Villarreal”, con la misma fuerza con que Guiteras combatía contra el imperialismo norteamericano.

En su lugar, el PC calificó a Guiteras de “traidor a la Revolución”. Al fin, en enero de 1934, las “clases económicas” cubanas y la embajada norteamericana fraguaron el golpe de Estado que depuso al Gobierno de los Cien Días.

Como resultado de una evolución específica de circunstancias históricas, que no cabe tratar aquí, y que es la crónica de la compleja relación entre la Revolución cubana de 1959 y la Unión Soviética, el protagonismo adquirido por la línea representada por el PC no solo llevó al olvido a corrientes como el “junquismo”, y al anarcosindicalismo previo de Alfredo López —a quien Julio Antonio Mella consideraba su maestro—, sino que otorgó prevalencia a un tipo de valoración sobre Guiteras y sobre la Revolución del 30.

Aún hoy, esa Revolución continúa siendo la más desconocida de las revoluciones cubanas.

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