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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

"Amalio Fiallo la emigración cubana y su Nación". Por Lorenzo Gonzalo*/Foto © Virgilio PONCE

Creo que es una gran falta no recordar a quien marcó un hito en el proceso de reencuentro de los emigrados cubanos y un gobierno que durante años tuvo que defenderse de los ataques terroristas de muchos de ellos y cuya respuesta fue considerarlos a todos por igual.


Lorenzo Gonzalo. foto © Virgilio PONCE

Miami, 27 de Enero del 2011

El pasado domingo, murió en Caracas, Venezuela, el Dr. Amalio Fiallo. Para los emigrados en particular y los cubanos de la Isla en general, ese nombre quizás diga poco.

 

No se puede hacer la biografía de un gran hombre en una cuartilla, pero en ella puede reflejarse su honradez y una invitación a reflexionar sobre alguien que murió casi en el olvido para quienes todos los días debían recordarlo, no solamente por su persona, sino por su obra. Los emigrados cubanos jamás debían olvidar ese nombre. Es más, debían recordarlo todos los días.

 

Fiallo no era un político, aunque intentó serlo. Su labor, aun cuando incursionó en contiendas de ese tipo, fue la de dejar un mensaje. El objetivo central de su conducta, a contrapelo quizás de sus intenciones, fue convencer a las personas de las bondades que todos tenemos y la necesidad de la honradez, la solidaridad entre la gente, la justicia, el trabajo con eficiencia, la familia y todo aquello que hace posible al ser humano progresar y crecer.

 

A comienzos del año 1993 y después de muchos meses de contactos con funcionarios cubanos, Nicolás Ríos, gran amigo y compañero de Fiallo, logró ser recibido en Cuba. En medio de la gran crisis de aquel país en aquel momento, sin comercio exterior tras el desmerengamiento de la URSS, Nicolás presentó un plan para que se permitiese a Fiallo impartir unos seminarios que llevarían el nombre de Democracia Participativa.

 

Cuando Nicolás me habló del proyecto, al margen de encontrarlo descabellado, me sorprendió la palabra. Fue como un rayo de luz. Democracia Participativa, no explicaba nada, pero sintetizaba en dos palabras la aspiración de la humanidad desplazada, de tener una presencia más allá del voto. Así lo percibí, sin ninguna esperanza en aquel momento, de que un tema semejante pudiera presentarse en un país que no tenía abastecimiento energético alguno y a partir de esto, todos pueden imaginarse, carecía de los más elementales medios para vivir.

 

El gobierno cubano con uno de esos inusitados gestos que a veces tiene y con esa audacia que sin dudas le ha permitido maniobrar frente a las agresiones de Estados Unidos, aceptó la propuesta.

 

La idea de Fiallo no era para desestabilizar al gobierno cubano. Tampoco para aparecer en público, destacándose como raro personaje en un país al que todos los analistas le pronosticaban horas de existencia. Si le pasó por su cabeza, la realidad fue otra, porque nunca quiso entrar en un real contacto político con las autoridades y nunca pidió otra cosa que no fuera la palabra. La idea de los Seminarios no fue buscarle reemplazo al gobierno cubano, sino lanzar y debatir ideas, que eventualmente permitieran encauzar la vida social y política del país, por caminos que abundaran en el carácter humano que siempre tuvo el proyecto cubano. Al margen del disgusto o aprobación que Fiallo tuviese hacia los dirigentes cubanos, lo importante para él, era que la gente entendiese la idea de participar en sociedad. La solución, para alcanzar una sociedad estable, radicaba en la concepción de un sistema que otorgase al ciudadano un derecho más allá  del discutible derecho de votar por personas que nunca conoce y que siempre le son impuestas por las maquinarias políticas. Oportunidades múltiples tuvo Fiallo de hablar privadamente con Fidel Castro, a quien conocía, pero nunca lo hizo porque expresaba “que no tenía nada que conversar con Fidel, nada concreto que ofrecer”. En el fondo o en algún lugar recóndito de su ser, parece que odiaba la política y el poder no le interesaba, sino hacer que su mensaje se entendiese y las personas tuvieran un tema de reflexión social. En años anteriores había impartido esos Seminarios en escuelas del ejército venezolano. No sé si por esa razón u otra, lo cierto es que se cuenta que el Presidente Hugo Chávez le ofreció ocupar un ministerio, lo cual rechazó.

 

Desconozco si alguna vez tuvo sueños de poder político y administrar un Estado. Si los tuvo fueron legítimos y quizás debió tenerlos y en ese caso, ojalá hubiese hecho un esfuerzo para intentar materializarlos. Pero dedicó ese esfuerzo a impartir la idea. No le gustaban los corrillos oscuros de los pasillos, la intriga, “la jugada política” que nos ahoga y retarda el progreso de las mayorías sociales. Sabía que una de las heridas de la democracia está en esas intrigas, a veces necesarias, pero siempre retardatarias de los objetivos primordiales del ser humano.

 

En medio de la crisis enfrentada por el gobierno cubano, bajo el aliento de Nicolás Río, quien fundara por aquellos tiempos la Revista Contrapunto, para informar objetivamente sobre Cuba, un grupo de emigrados fue lentamente convocado. No fue una organización, pero sí un movimiento compuesto por sentimientos múltiples que no querían que en Cuba ocurriesen hechos terribles, guerra civil, catástrofes sociales ni tragedias de esa naturaleza.

 

Fue la primera vez que un grupo de gente, sin vínculos con el gobierno de Estados Unidos, sin ayuda del país que durante cuarenta años en aquel instante había agredido y fomentado agresiones contra Cuba, se reunió para visitar Cuba y hablar de Democracia. En medio del desastre, en una nación sin transporte, con bicicletas por las calles y carretones tirados por caballos, sin abastecimiento de combustible, las autoridades se interesaron en que instituciones diversas del país, incluyendo el Partido Comunista, debatieran y reflexionaran sobre ese derecho de gente en la sociedad. Pero la importancia no era tanto que se interesaran en ese aspecto como en el hecho de que por primera vez emigrados cubanos, se sentaran con funcionarios e instituciones cubanas a tratar semejante tema. Constituyó aquello el laboratorio inesperado y la confirmación palpable de que todo cubano, viva en el país o sea un emigrado, puede coincidir y desvelarse por el bienestar de su Nación y del Estado cubano. Fue también la primera vez, desde 1978, que llegaba un número de emigrados, sin relación con el gobierno cubano ni otras instituciones del país, para encontrase con personas que vivían allá, defendiendo un proceso a medio descarrilar porque que había sufrido un gran daño en la mecánica de sus trenes y el balance de sus rieles.

 

Emigrados y autoridades, sin agendas confeccionadas por los organismo políticos del país, sin condiciones previas, sin propuestas de secundar objetivos de Estado o gobierno, conversaron sobre la manera de convivir en sociedad, de impulsar la economía, de abrazarse a la idea de la solidaridad y al objetivo de lograr el mejor y más estable avance social, económico y político del país.

 

Fiallo demostró que eso era posible. Sin pretensiones, sin demandas políticas, solamente con la obsesión de ser escuchado y que la gente reflexionara sobre sus palabras, dedicó todo su empeño a esa labor.

 

Durante años Fiallo había impartido Seminarios de esta naturaleza, financiados por una institución alemana conservadora, la Fundanción Hanz Seidel, que nunca intervino en sus planteamientos, muchos de ellos contrapuestos a los criterios de la misma.  Además de las clases al ejército venezolano, impartía dicha materia en dos universidades de Caracas. Fue profesor político, nunca un político profesor. Esto, a los ojos de muchos es uno de sus principales méritos como persona y el mejor homenaje a sus prédicas. Sin desconocer la necesidad de un mundo movido por la política, Fiallo sabía que la solución del mundo no estaba en ella, sino en el entendimiento y el consenso entre las partes, algo que solamente se alcanzaba con la participación.

 

Los Seminarios de Democracia Participativa, no hubieran sido posibles sin la ingente labor de Nicolás Ríos, cuya revista, la cual circuló en instituciones especializadas de Cuba y en hoteles, abrió caminos y derrumbó prejuicios respecto a la emigración. Dichas labores demostraron que no toda la emigración era enemiga, ni pretendía accesos de poder, sino participar junto a él y colectivamente lograr metas comunes.

 

Sin los Seminarios no hubiesen sido posibles los magníficos encuentros que se realizaron unos meses más tarde, luego que más de cien de aquellas presentaciones se habían realizado a todo lo largo y ancho del país. Amalio Fiallo es uno de los principales y más eminentes gestores del contacto de la emigración cubana con las autoridades del Estado. No significa esto que algo semejante no hubiese ocurrido antes. De hecho en 1978 se produce el primer contacto con el gobierno cubano. Algunos llamaron diálogo a esos encuentros, aunque en realidad no hubo partes. La diferencia de aquel suceso con los ocurridos en 1990, es que en ese instante Cuba estaba desecha. Las fábricas se habían detenido, no existían maquinarias agrícolas y la agricultura por consiguiente estaba medio paralizada, no tenían fertilizantes, el país carecía de energía, y los fanáticos de Miami preparaban sus maletas para el regreso y presionaban para que la Administración de turno recrudeciera las leyes del Bloqueo y poder asestarle el último golpe al gobierno cubano. Este era el panorama en 1990. Los defensores del gobierno en el exterior, de origen cubano, no pasaban de unas veintenas, carecían de contactos serios con la Administración estadounidense y no tenían influencias de peso en el país, salvo con sectores marginales de la izquierda de Estados Unidos. Los defensores incondicionales del gobierno vivían en Cuba. En el exterior eso constituía y sigue constituyendo una excepción. Una cosa es reconocer la legitimidad del gobierno y otra es responde incondicional y ciegamente a sus actos. Ningún emigrado y ni siquiera ningún ciudadano de país alguno, manifiesta ciega fidelidad a su gobierno.

 

En medio de este panorama, surge la idea de los Seminarios de Democracia Participativa, los cuales constituyeron el mejor medio y la más clara expresión de que existían emigrados genuinos, sin lazos con el gobierno cubano, que no repetían consignas gubernamentales, que por encima de todo consideraban el bienestar del país y que creían que un mundo mejor es posible.

 

Amalio Fiallo se inserta en este escenario y su labor representa la llave que abrió las puertas para que entraran, emigrados de todos los sectores. Tras esa labor, el gobierno cubano, o al menos muchos de sus dirigentes y funcionarios, comprobó que la diferencia entre la emigración y quienes vivían en la Isla, estaba marcada por el pedazo territorial donde vivía cada cual. Lamentablemente esa filosofía no continuó su desarrollo y aún los emigrados fieles y amantes del país, no tienen el espacio que, de haber continuado, quizás hoy podrían tener. Pero se abrieron otros y siguen avanzando a la luz de los planteamientos surgidos con el ajuste que la dirección del Estado cubano se ha propuestos para encauzar el proyecto social. Es irreal pensar que los ajustes al proceso sean parciales, pues la realidad enseña que solamente un balance integral es capaz de encauzar un proyecto serio. Dentro de esa integralidad, la emigración sería uno de los muchos elementos a considerar y reajustar.

 

Por fuerza de la razón la honestidad y la audacia del proceso cubano, ese día llegará. Seguramente esa fue la máxima aspiración de Amalio Fiallo.

 

Me parece cuando llegue ese momento podremos verlo, sentado junto a la piscina del Hotel Kohly con un puro en la mano, sonriendo de saber que la solidaridad no es palabra hueca y la participación que predicó con racional vehemencia, es un arma letal para vencer corrupciones y derrotar egoísmos.

 

Hablar del acercamiento de los últimos años entre los emigrados, el gobierno cubano, la sociedad cubana y sus instituciones y no recordar a Fiallo es faltar a los principios más elementales de la objetividad y un pobre honor al mérito propio que significa reconocer la grandeza de los demás.

 

Le deseamos a Fiallo que no descanse en paz. Que continúe allí su ingente labor para que nos ayude a hacer posible un día, esa sonrisa feliz de la participación que siempre quiso y en la cual creyó.

 
*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en los EEUU y subdirector de Radio Miami (
www.radio-miami.com)  

Foto © Virgilio PONCE




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